Todas las actividades que realiza una persona en el transcurso de una jornada normal pueden ser… mortales. Y eso incluye irse a dormir. Los riesgos cotidianos se incrementan en el trabajo, en la calle, practicando un deporte, al invertir en la Bolsa, al casarse, etcétera. Sin olvidar las catástrofes naturales o las derivadas del desarrollo tecnológico. Todas estas circunstancias provocan en la gente miedo a afrontar los peligros. Pero, ¿pueden controlarse los riesgos? ¿Son acaso necesarios?

  

La seguridad no exis­te en la vida. Lo úni­co seguro es la du­da. El simple hecho de acostarse, por ejemplo, puede ser una trampa mortal. Lo señaló Mark Twain: «Muere más gente en la cama que en el campo de batalla». Parece también alto el porcentaje de personas que su­fren ataques cardíacos como re­sultado de una pasión amorosa. Especialmente, si ésta se vive en cama ajena. Si uno consigue le­vantarse, debe afrontar nuevos peligros. Muchos resbalan en la bañera mientras se duchan y pue­den sufrir fracturas. Y, al vestirse, ¡las cremalleras del pantalón pue­den atrapar la parte más delicada de la anatomía masculina!

Pero en la calle los riesgos con­tinúan con posibles desprendi­mientos de cornisas o atropellos, que pueden conceder a mucha gente el pasaporte a la eternidad mucho antes de lo que esperaba. Sin descartar los accidentes labo­rales, especialmente, si se ejercen oficios peligrosos. Y las catástrofes naturales o tecnológicas. Pero también se corren riesgos para la salud al invertir dinero en la Bolsa, al practicar deporte, al comer en un restaurante (no hay un solo pro­ducto que sea inofensivo además de agradable), al tomar decisio­nes, al cambiar de trabajo, al casarse... ¿Es esto una visión catastrofista de la vida? En absoluto. Los riesgos reales no aumentan. Crece el miedo a correrlos o la forma en que éstos son percibidos. Los riesgos son inherentes a la vi­da. Y son necesarios para progre­sar en ella. Tomarlos en su justa medida es la única forma de apro­vechar oportunidades para ser feliz o tener éxito en la vida per­sonal o profesional. O, simple­mente, conseguir lo que uno quiere.

La gente que no corre riesgos vive estancada, paraliza­da... ¡Sólo puede atravesar las puertas giratorias si alguien las empuja! ¿Qué es un riesgo? No es emo­ción ni aventura. Tampoco es la probabilidad de éxito. Es, preci­samente, la medida de la probabilidad del fallo, el cual se incre­menta con el tamaño de la inver­sión. El miedo que padecen mu­chos a correr riesgos se debe a que invertir financiera o emocionalmente en algo implica la posi­bilidad de pérdida. Mucha gente piensa, por ejemplo, que el matrimonio es una aventura de ries­go. Y, efectivamente, lo es. Si con­siderásemos el índice de divorcios y la «inversión» que se hace en es­te proyecto -ilusión, tiempo, di­nero...- casi nadie se casaría. ¡Menos mal que en cada pareja siempre hay, al menos, un loco! Pero es imposible progresar sin correr riesgos. Son necesarios pa­ra crecer, prosperar y aprender de nuestros errores. Sin asumirlos no habría inversiones empresa­riales. Ni cambios de trabajo. Ni nuevas amistades. Ni nuevos des­cubrimientos. ¡Ni nacimientos de bebés inesperados! Las gentes miedosas se engañan a sí mismas. Pierden la oportunidad de vivir la vida plenamente. Este tipo de personas debería, al menos, atre­verse a preguntarse: «¿Cambiaría mi vida si corriera tal o cual ries­go?»

Y si la respuesta fuera afir­mativa, debería aprender a pro­nosticar su «tolerancia de riesgo». Basándose en la «teoría de la probabilidad», se trata de prede­cir cuánto riesgo podría uno co­rrer sin que tuviera que asumir pérdidas inaceptables. La «tolerancia de riesgo» varía, obvia­mente, de una persona a otra, Para determinar este cálculo per­sonal, es preciso elaborar un in­ventario de autoevaluación. En él hay que barajar el riesgo límite de perder dinero, de contraer compromisos, de ser rechazado, de perder poder o independencia, de ser superado por las expecta­tivas de los demás,, de ser ataca­do física o emocionalmente, de caer enfermo o ser atropellado, ó el de dedicarse a la diplomacia, El mayor riesgo del diplomático es­tá en el hígado: ¡No hay hígado que resista las copas que le ofre­cen a lo largo de su vida!

El objeto de esta autoevalua­ción es, pues, contemplar los po­sibles factores de riesgo para to­mar una decisión con ciertas garantías. Las nuevas experiencias siempre generan cierta ansiedad y, a menudo, miedo paralizante. Pero una forma de superar esos temores es, muchas veces, tan fá­cil como tomar lápiz y papel y como suele decirse- «hacer números». La autoevaluación le ayudará a prevenir y a sentirse más seguro. Salvo que usted sea ta­xista. ¡Los taxistas nunca saben dónde estarán dentro de cinco minutos!

 Como Correr Riesgos sin Enfermar

  • Antes de dar el salto: Si usted está considerando afron­tar un nuevo riesgo, háblelo también con alguien que haya corrido uno parecido y que tenga ciertos paralelismos con su situación personal. ¡No confíe en ese plan de seguridad que consiste en rezar!
  • Prevea los riesgos ocultos: Las oportunidades suelen aparecer en periodos de transición en la vida y los peligros que deben superarse pueden ser cruciales. Piense en los riesgos ocultos de cualquier situación nueva. Pero evalúelos en su justa medida. Siempre se alaba, por ejemplo, el coraje del domador de leones… ¡pero pocos tienen en cuenta que dentro de la jaula él siempre está a salvo de los hombres!
  • No concentre riesgos: Mucha gente cree que es razona­ble casarse, cambiar de ciudad, cambiar de trabajo, com­prarse un departamento y tener trillizos ¡todo en el mismo trimestre! Cada uno de estos movimientos implica la posibilidad de perder algo. No acumule riesgos, pues existe el peligro añadido de padecer un severo estrés que le lleve al hospi­tal… ¡el peor sitio para caer enfermo!

 

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