Convivir no es cosa fácil y menos convivir con seres que están en continua metamorfósis y cuyos comportamientos a veces son imprevisibles. Las hormonas juegan un papel muy importante pero no menos importante es la capacidad de padres y madres de adaptarnos a los cambios de humor, a las respuestas inesperadas o a los cambios fisiológicos que se se encierran en esas madrigueras que son los aposentos de nuestros queridos adolescentes.

Y es que, según un querido amigo, hay tres categorías de adolescentes según la forma de iterrelacionarse con nosotros y nosotras, a saber:

Tenemos los bromistas, los que se ríen por todo con una risa floja y tonta, los que hacen chistes por como pasas la fregona o como te atuzas el pelo, los que se ríen hasta de su sombra con un descuelgue de brazos y hombros propio de un títere mal llevado.

En otra de las categorías encontramos los taciturnos, los noctámbulos empedernidos, los que tienen en el silencio y en el mundo de las tinieblas su reino de los cielos.

Y, por último, entran en escena los desabridos, los malhumorados, los que siempre están con la mosca detrás de la oreja y tienen un resorte como catapulta de contestación a sus progenitores por el simple hecho de animar a estudiar esta u otra asignatura o por el hecho de insistirles en que el oxígeno entre en sus vidas a modo de una apertura de ventanas matutina.

Así pues, ¿cúal es la categoría de TUS ADOLESCENTES?

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