Viendo que, por causas de la sinrazón, está en juego la existencia de su lazo fraterno, dos hermanas conversa brevemente en un encuentro propiciador.

–¡Hola Colombia!, ¡qué bueno que te encuentro!, es necesario que hablemos tú y yo–.
Exclama Venezuela.

–¡Holaaa...! ¿cómo has estado Venezuela?–.
Increpa Colombia, sorprendida, pero en sí desvaneciendo la creencia de que su hermana ya no la quería.

–La verdad, no estoy bien, estoy triste, estoy muy triste, porque mis hijos están sufriendo mucho. Yo no entiendo qué le pasa a mis hijos–.
Consternada, responde Venezuela.

–Y tú ¿qué crees? ¿que yo estoy muy bien?, todas tenemos problemas, unas más y otras menos; pero, si tú no entiendes a tus hijos, yo tampoco te entiendo a ti–.
Le replica Colombia, contundente.

–¡Ay hermana!, no me hables así, sé que tienes razón; pero por eso te digo que es necesario que hablemos... como hermanas. Nunca olvides que soy la madre de tu padre (que es también mi padre, porque igual que a ustedes cuatro me hizo libertaria); nunca olvidemos el inmenso lazo de tierra y vida que más que hermanas nos hace una–.
Dice Venezuela, visiblemente apenada.

–Parece que no supieras el daño que puedes causar a mis hijos y ya estás causando a los tuyos ¿cómo los vas a entender?–.
Más recia aún, expresa Colombia.

–¿Acaso eres promotora tú, del daño que tus hijos fuertes les causan a tus hijos débiles?–.
Le interroga Venezuela.

–No, desde nunca y hasta siempre, no–.
Asombrada por la pregunta, se apresura Colombia a responder.

–Igual, hermana, así mismo, jamás pudiera ser yo la promotora del daño a mis propios hijos ni a los de ninguna de ustedes–.
Firme Venezuela, le aclara.

–Sí, hermana, disculpa, te entiendo, tengo que entenderte. A propósito Venezuela, veo que, ciertamente, ya no eres la misma, te ves demacrada; cuídate mucho, tu salud puede minarse de desgracia–.
Dice Colombia compadecida.

–Mis hijos fuertes, hombres y mujeres creídos promisorios, hoy vulneran a sus hermanos; los acaban: en sus sueños, en sus tiempos, en sus querencias, en sus vidas. ¡Y cómo quieres, hermanita, que yo los pueda entender?, ¿qué sentido tiene eso, e incluso el influir en ustedes y en las vidas de los hijos de ustedes?–.
Plantea cabizbaja Venezuela.

–Es que ellos no nos conocen; los hijos fuertes en verdad no nos conocen, y no pueden amar. Ellos aman vanidades y eso, eso duele mucho, puede hacer que nos acabemos irremediablemente–.
Reflexiona Colombia seriamente.

–Yo sé que tú sabes qué somos nosotras, yo también lo sé, pero me gustaría escucharlo decir de ti–.
Le solicitó Venezuela entusiasmada.

–Nosotras somos territorios conformados con maravillas: somos belleza, somos y damos sustento a nuestros hijos; somos estancia y abrigo, somos don y clemencia...–.
Le responde Colombia en complacencia.

–Gracias hermana. Qué bueno sería si, por el ignaro accionar de nuestros hijos (todos los hijos de todas nosotras), pudiéramos hablarles; qué bueno sería si nos amaran..., pero no pueden siquiera amarse ni ellos ni entre ellos–.
Dice compungida Venezuela, viendo entre lágrimas, con su cielo como ojos, a su hermana Colombia adorada.

–¿No albergas la esperanza de que algunos de nuestros hijos trabajen concientes para el bien integral?–.
Mostrando interés en pronta respuesta, inquiere Colombia.

–Sí, claro, la naturaleza tiene su creador, y nosotras y nuestros hijos parte de ella somos–.
Precisa segura Venezuela.

–Entendiendo claramente tu situación, hermanita Venezuela, tengo que preguntarte: ¿qué va a pasar entre nosotras dos?–.
Colombia preocupada, pregunta sin rodeos.

–¿Qué va a pasar?; lo que va a pasar entre nosotras dos es... ¿Sientes Colombia?, ¿sientes la energía que yo estoy sintiendo?, ¿comprendes el mensaje que sin palabras de este mundo transmite?–.
Presurosa Venezuela, luego de interrumpir su respuesta, le pregunta a Colombia.

¡Seguro hermana, seguro!: siento la energía y comprendo su mensaje–.
Responde inequívoca Colombia.

 

...Y entonces Colombia y Venezuela, cual en un coro de glorias, exigen con aplomo:
–QUE ALGUIEN TRADUZCA, CON PALABRAS DE ESTE MUNDO, EL MENSAJE DE LA ENERGÍA–.

 

Y la Energía dice:
–“YO NO SOY PODER FINITO, YO NO SOY IDEA HUECA; YO SOY IMPERIO DE AMOR, YO SOY PENSAMIENTO UNIVERSAL; NUNCA LAS DESAMPARARÉ, Y SUS HIJOS DE BIEN BRILLARAN SANEADORES ENTRE SUS MANCHADOS HERMANOS” –.

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