Uno de los conferencistas del I Encuentro de Docentes e Investigadores del Área de la Lectura y la Escritura afirmaba que el “uso” desplazaba a la norma. Así podíamos conseguir quienes “colocan” una olla a hervir; se “colocan” colorados en vez de ponerse rojos; se “colocan” bravos antes de “ponerse” furiosos; y en casos más extremos sus gallinas y avestruces no “ponen” huevos sino que los “colocan”. Pues bien, la discusión es bastante amplia y nos corresponde “ver los toros desde la barrera” porque los cambios generacionales y la tecnología juegan a favor de estas alteraciones drásticas (si no pensemos por un momento en cómo se ha hecho común y corriente recibir mensajes de texto con “ksa” en vez de “casa”; “TKM” en vez de “T.Q.M.”; “kuando” en vez de “cuándo”; etc. etc. etc.). Desde esta perspectiva, los daños al idioma son incalculables y dependerán en gran medida de las acciones que se tomen para concienciar a los usuarios de la lengua sobre la importancia de emplear los términos lo más correctos posibles, y en cada circunstancia en especial (no es lo mismo dirigirse a un auditórium que a nuestros hijos por ejemplo). Es por ello alarmante la forma en que los medios visuales de manera estructural, han contribuido con el detrimento de nuestra lengua materna a tal punto que no es raro conseguir vallas publicitarias con tres de cinco palabras mal escritas. ¿Será que no hay dolientes de nuestro legado cultural más importante? ¿Será que las autoridades no pueden intervenir porque hay otros asuntos mucho más urgentes que resolver? Es posible. Aunque no tengo –como cosa rara- respuesta a estas interrogantes, considero que debería implementarse una ley que regule a los medios publicitarios, lo que obligaría a éstos, a buscar especialistas que corrijan los textos antes de ser expuestos a la colectividad. Estarán diciéndose, y como siempre con justa razón, que hay demasiados delitos en la actualidad para andar penalizando algo tan “tonto” como una palabra mal acentuada o una “h” mal puesta, pero desde el punto de vista social ¿Cuánto daño puede llegar a causarnos estar en contacto permanente con el uso incorrecto de la lengua –en especial si es precisamente a través del sentido de la vista que tenemos acceso a la lectura y escritura-? ¿Si es leyendo que se graban en nuestra mente las palabras correctamente escritas? (Aunque habrán –de seguro- quienes lo hacen de manera extraordinaria, los superdotados por ejemplo; o los casos contrarios: quienes han leído mucho y sin embargo tienen pésima ortografía). Las compañías de publicidad pueden llegar a creer que les estoy haciendo una guerra, pero más allá de la responsabilidad social que tiene toda empresa, debería privar entre sus directrices la calidad y excelencia, incluso en los detalles tan aparentemente mínimos como la acentuación o las reglas que rigen el uso de la “v”, “b”, “z”, “c”, “s”... ¿Con una invitación a incorporar en sus staff personas especializadas en el área de la lengua bastará? O ¿Será necesario establecer leyes expresas sobre este tema? Porque estoy segura –así como un querido amigo mío- de que con dos o tres vallas mal escritas que se prohíban poner hasta no ser corregidas, se empezará a tomar en serio esta compleja problemática, antes que se vuelva tan común que todos terminemos “colocando” la torta.

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