En la estación de Farringdon reinaba un ambiente general de tensión, eso nuevo que estaba apareciendo en el mundo «asustaba» a todos los habitantes del Londres de finales del siglo XIX.

  Por supuesto, a los verdaderos londinenses.

  Seis jóvenes que habían retrocedido en el tiempo se mantenían también en tensión, pero con un objetivo diferente. Se movían dentro de la multitud sin dejar de observar con el mayor disimulo el movimiento de las agujas de los detectores energéticos camuflados en los bastones de ellos y el abanico de Sofía.

  Además se intercambiaban impresiones y cálculos, e incluso algunas de las fotos tomadas por cada aparato.

  La orientación fundamental dada por Sodoz fue mantenerse conectados; cada una de las tres parejas podía moverse por toda la estación, pero debía comunicarlo a los demás para trabajar como un equipo.

  El abanico de Sofía comenzó a señalar vibraciones de energía que llamaron la atención de la muchacha:

—Felipe revisa mi abanico —lo decía estirando su mano hasta el joven.

  Él lo toma sin mirarla, porque su bastón también mostraba alteraciones.

  Al comparar ambos diagramas pudieron ubicar a uno de los entes que buscaban y al levantar la mirada lo vieron; a pocos metros. Este, de manera muy disimulada comenzó a separarse de Sofía y Teros, que, también tratando de no llamar la atención, fueron detrás de él.

  Felipe se percató que la señal de Sofía y Teros no aparecía en su bastón, pero no tuvo tiempo de avisar a los otros porque se comenzó a escuchar un murmullo, que después fueron gritos hasta convertirse en una algarabía; todos corrían de una dirección a otra.

  Los jóvenes de AHORA y del FUTURO también, solo que sí lo hacían hacia un punto específico de la estación, pero fueron impactados por los gritos de Sofía.

— ¡Fue abducido! ¡Lo hicieron frente a mí! —esas frases eran repetidas una y otra vez  por la muchacha sentada en suelo junto a una de las columnas de Farringdon. Llorando.

  Antonio y Vilk tuvieron prácticamente que cargarla hasta el portal que muy rápido había preparado Sodoz para regresar al «centro de mando», donde los esperaba Sagela. Esta ya tenía preparado un video con todo tal y cual había ocurrido, apoyada en las imágenes de Sofía, también las de Teros mientras las estuvo recibiendo.

  Lo único claro, debido a la confusión provocada por el alboroto: Teros había sido abducido por dos mujeres que se le acercaron por detrás.

— ¡Hay que regresar al momento exacto! —dijo Sodoz—; quizás uno o dos minutos antes para evitar lo ocurrido. Sofía —que no dejaba de llorar—. ¡Tienes que componerte!

  Todo lo realizaron en segundos y ya estaban de nuevo en Farringdon. Enfocados en el punto exacto donde ocurriría la abdución de Teros, sus bastones y además el abanico de Sofía vibraran con fuerzas en las manos de cada uno: ¡ya las dos mujeres se acercaban a Teros! ¡Tenían que actuar!

  Antonio intentó tomar a una por el brazo, pero fue empujado por otra «persona» y ambos cayeron; ya la algarabía se había desatado. Ya todos corrían.

Algarabía y confusión

 

Y ya Teros había desaparecido.

   La orden de Sodoz llegó precisa: regresar, solo que ahora no lo hacían solos: Antonio NUNCA soltó a «aquel» que le impidió llegar hasta Teros.

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