Después del encuentro y las conversaciones iniciales, ambas partes se aceptaron, con alguna desconfianza; pero no tenían otra posibilidad.

Antonio y Saguna pensaron qué sentido tendría atacarlos después de haberlos salvado.

Y un razonamiento parecido era el asumido por Félix y su grupo.

El propio Félix propuso que Antonio y Julio trataran de encontrar algún indicio sobre el lugar y el tiempo en que se encontraban. Antonio interrogó a Saguna con la mirada, ¿no le molestaba quedarse sola con los otros «muertos»? Y recibió una respuesta de confianza; ella estaría bien.

Los dos hombres ayudaron a Félix para acumular un poco más de leña y se alejaron despacio.

Ambos caminaron sin hablar durante casi tres horas, todavía se mantenían dentro del bosque, aunque los árboles comenzaban a notarse más escasos y apartados. Cuando llegaron ya al final de la arboleda se encontraron con una tremenda llanura, salpicada por pequeños mogotes distanciadosentre ellosunos veinte o treinta metros y ninguno sobrepasaba los sesenta de altura; todos estaban bien redondeados en su cima.

—Es una pena que no podamos fotografiar todo esto —comentó Julio—, es muy bello.

Antonio se limitó a mover afirmativamente la cabeza.

El mortinato intentó varias veces entablar una conversación, pero sin éxito.

Antonio le propuso escalar uno de los mogotes e intentar ver un poco más lejos.

—¡Allá hay personas!

Dijeron los dos al unísono.

Por lo menos algo se movía y se lanzaron a correr.

Pero no imaginaban hacía qué iban, todo el movimiento se resumía a un área entre tres de las pequeñas lomas. Allí se combatía…, y era una batalla complicada.

Ellos entraron al conflicto cruzando entre los dos mogotes más pequeños y junto con ellos entraban, gritando a viva voz, decenas de hombres medio desnudos, que armados con palos y piedras atacaban a otra horda de similares características.

Algo raro pasaba, esos hombres se mataban entre sí frente a ellos,pero Félix y Julio no eran tenidos en cuenta. Ambos se fueron apartando lentamente, caminando hacia otro de los pasos entre mogotes. Y cuando ya casi llegaban vieron una tremenda nube de polvo queseabalanzaba hacia ellos.

Eran soldados a caballo atacando a una formación de infantería ubicada a sus espaldas y que los recibía a disparos de fusil.

Los dos hombres comenzaron a correr de un lado a otro. Tropezaban indistintamente con el cuerpo sin vida de uno de los hombres primitivos, o un soldado herido de bala y quejándose, e incluso con algún caballo muerto en el tiroteo.

—¿Qué puede ser esto? —se preguntaban—, ¿dónde estamos?

Escaparon del caos cuando cruzaron entre aquellos dos pequeños mogotes por donde habían penetrado al área de batalla.

Y entonces entendieron: «en aquel lugar se cruzaban varios portales de tiempo y en esos momentos estaban abiertos».

—Pero no se interrelacionan —concluyó Antonio.

—¿Regresamos? —propuso Julio.

—Sí, pero tenemos que estar atentos al camino, no podemos volver a salirnos de “ahora”, antes de llegar a donde están los demás.

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