—Los esperábamos sin movernos del lugar, como acordamos —comenzó Félix a comentarles a Julio y Antonio, sin alzar la voz—; en un momento comenzamos todos a sentir “algo” encima.

—Se apreciaba como una fuerza de tornado —dijo Natalia, que no dejaba de temblar y apretar a su hijo contra el pecho—, ese “algo” giraba sin parar sobre nuestras cabezas…

—Y sentimos —la interrumpió Félix—, una energía que poco a poco fue creando tal potencia eólica de abducción que nos separó del suelo, primero despacio y después muy rápido, para dejarnos caer junto a este puente.

—Está claro que ahora mismo estamos en un mundo paralelo —sentenció Antonio.

—Donde hay dragones —dijo Natalia sin parar de temblar, ni de abarcar al hijo con sus manos.

—Después los dragones se alejaron volando —continuó Félix—. Y de la nada aparecieron ustedes.

—Al parecer estamos rodeados de portales…

Antonio fue interrumpido por un quejido de Gricel, ella yacía con la cabeza recostada en las piernas de Saguna y tenía una profunda herida desde el inferior de la axila derecha hasta casi la cintura. Pero lo que más llamó la atención de Antonio fue la carencia de sangre.

—Recuerda que está muerta —le dijo Saguna.

—Pero se está quejando —rebatió Antonio inquiriendo a todos con la mirada.

—Porque lo siente —aclaró Natalia—, los que «no existimos» tenemos sentimientos; incluso hasta nos enamoramos —dijo esto al tiempo que sentía a Jonder frente ella.

Otro quejido de Gricel hizo que todos voltearan la mirada hacia ella, pero unas fuertes pisadas provenientes del bosque los obligaron a unirse todos y pegarse contra uno de los pilotes del puente protector.

Las aguas del riachuelo reflejaron como se abría el matorral. Y el cristal acuífero reflejó a un niño de doce o trece años; con una fisonomía idéntica a la humana. Pero no se decidieron a salir.

El muchacho caminó hasta el puente y también aprovechando el espejo natural los miró:

—Están en peligro. Vine a buscarlos.

Las palabras hicieron crecer el asombro del grupo.

—Y no tenemos mucho tiempo —continuó diciendo el «aparecido»—; aquellos —señaló la dirección por donde se alejaron los dragones—, fueron en buscade toda la manada.

Subieron al puente y Antonio preguntó:

—¿Por qué buscar a los demás si uno solo de ellos podía liquidarnos?

—Son muy cobardes, vámonos —concluyó autoritario y entró en el bosque.

El grupo lo siguió sin hablar. Antonio tomó a Gricel en sus brazos y quedó al final de la fila.

Un giro brusco de la cabeza del niño los detuvo.

—¡Ya vienen! ¡Apresúrense! —y casi comenzó a correr hasta detenerse frente a una inmensa roca que rodó con sus manos.

El cielo comenzó a ponerse gris, cientos de dragones se acercaban volando.

—¡Crucen! —gritó el niño—. Yo me encargo de ellos.

Al decir esto se metamorfoseó en una tremenda bestia; mitad dragón mitad humana y corrió a encontrarse con los atacantes.

—¡Otro portal! Salgamos de este mundo —sentencio Julio.

Natalia fue la primera, apretando a su hijo y pensando que iban a lo desconocido; después los otros.

Antonio colocó a Gricel en el suelo y esta comenzó a caminar hacia atrás:

—¡Vayan sin mí! —gritó alejándose.

Antonio intentó ir en su busca, pero el portal comenzó a cerrarse y Natalia le pidió entrar. Ella perdía otra vez a su madre.Y todos continuarían de gitanos por desconocidos mundos.

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