Félix, Julio, Natalia, con su hijo Julián y su madre Gricel, se vieron obligados a cambiar las dimensiones de sus portales de salto, les fue necesario saltar en el tiempo; con la intención de confundir a los cientos de difuntos que los perseguían con la intención de volver a matarlos y, además, asesinara Julián, el único vivo de los cuatro.

—No podemos detenernos —era la frase constante en los labios de Félix.

—Pero el niño es muy pequeño, ¿resistirá? —preguntaba Natalia antes de cada salto temporal.

—Lo importante es que está vivo Natalia —le respondía Julio—, es el único de nosotros que respira de verdad. No podemos dejar que lo maten.

Eso convencía a la joven que apretaba muy fuerte al bebé cada vez que cruzaban uno de los portales.

¿Por cuántos tiempos habían pasado? Ya estaba perdida la cuenta, no podían determinar en qué momento del desarrollo humano estaban, pero al parecer habían logrado escapar de los perseguidores. Esto y además el cansancio les hizo tomar la decisión de parar en ese tiempo y explorarlo: para saber.

Después de acomodarse bajo unos árboles Félix y Gricel se alejaron con la intención de buscar algo que los ayudara a saber, Julio se quedó junto a Natalia que sin entenderlo podía amamantar a su hijo; ¿cómo una mujer muerta lograba producir leche? Ella prefirió no contestarse esa pregunta y disfrutar de la feliz cara del hijo.

Julio se había recostado después de acomodar algunos pedazos de madera para si fuera necesaria una hoguera en aquella sabana que los rodeaba, el fuego nunca sería mal recibido por ellos en la noche, pero pocos minutos pudo descansar, porque Gricel llegó corriendo a buscarlo:

—Ven Julio, hemos encontrado dos personas y parecen estar vivas. Félix necesita que lo ayudes para traerlos hasta acá.

Eran un hombre y una mujer jóvenes, Gricel había tropezado con los pies de ella mientras caminaba junto a Félix. Ambos estaban casi cubiertos por hojas secas que habían caído del árbol en el que al parecer se cobijaron, también un poco de tierra arrastrada por el viento los cubría.

Ya casi oscureciendo llegaron hasta donde estaba Natalia, que ya comenzaba a impacientarse; ya había encendido la hoguera y acostaron a los dos «encontrados» junto al fuego.

Ambos estaban famélicos, la respiración era casi inapreciable, pero estaban vivos. Vestían con trajes muy parecidos a pilotos espaciales y en el del joven lograron identificar su nombre: ANTONIO.

No eran ni mortinatos ni difuntos y la decisión unánime fue ayudarlos. Quizás ellos mismos, cuando recuperaran energías, les podrían aclarar cuándo estaban.

NOTA: La intención es unir las dos historias (a ver qué puede pasar con los Colegas y los mortinatos). Quizás deba recordarles que Antonio y Saguna, haciendo malabares y cambios de rumbo con su nave, fueron los únicos dos colegas que se salvaron del combate con los drones myyerianos.

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