El rico es mucho más rico, y al pobre no le quedan ya ni harapos. Los trabajadores de base y la burguesía media cada vez lo tenemos más difícil. Arrastrados a la ruina por incapaces y especuladores, nos toca sacrificar nuestra vida aún más para sacarle las castañas a estos bucaneros. A ellos no les embarga el temor al futuro, pues tienen garantizados sus ingresos de por vida; siete años enrolados a bordo, pensión vitalicia (sin comentar el botín recaudado en sus incursiones a nuestros bolsillos). Lo cachondo del caso es que están ahí, sable en mano, por culpa nuestra. Hemos depositado nuestra vida en manos de corsarios sin escrúpulos, piratas de buenas palabras y correcta apariencia que tienen la razón adulterada por el ansia de poder y el alma podrida por su amor al dinero fácil. Hacen y deshacen a su antojo, escenificando algunos enfrentamientos para contentar a la plebe. Pero no nos engañemos. Son corporativistas. El negocio es de tal magnitud, que no les conviene que la cosa se menee mucho, no vaya a ser que el hedor que se desprende de sus actuaciones nos espabile en demasía y, al percatarnos de sus jugadas, acabemos con su chollo. Mientras nos mantienen oprimidos por la penuria, no nos dejan tiempo para aplicar el conocimiento y la inteligencia. Cuanto peor van las cosas, más necesaria hacen creer su existencia y más insustituibles se ofrecen. No nos llaman tontos, pero nos bautizan como tales todos los días. Luego, delante de unas cañas, se deben de reír a gusto los canallas.

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