El rango tan alto de posibilidades de éxito de cada persona asombra frente a los fracasos constatados. La vida de hoy en día, basada en modelos antiguos de sociedad continúa su andadura. Establecidos parámetros que definen triunfo y decepción, y separan las capacidades o aptitudes de consecuciones absurdas, muchas de ellas sin mérito propio, hacen replantearse el mundo en el que vivimos y las estrategias a utilizar para saber vivir fuera de un ambiente natural. Al parecer, la clave reside en el enfoque de la situación.

 

Hemos permitido el abandono del potencial de la persona para conseguir las metas que nos exige nuestro entorno, a veces impuestos desde los propios padres hasta por la naturaleza inherente del sistema en el que vivimos. Desde títulos universitarios exentos de motivación y desvinculados a nivel personal a puestos de trabajo con reconocido mérito y responsabilidad pero sin voluntad para ejercerlos como se merecen. Se abre pues la veda del oportunismo y la lucidez verbal.

 

No es más que el engaño de una sociedad poco preparada para el papel que tiene asignado. El azar cambia de pasar desapercibido a ser la única opción con la que muchos cuentan para poder seguir adelante. Hasta ese punto se ha transigido.

 

No podemos caer pues en la tentativa de buscar el primer eslabón con el que empezó todo, comenzando por la educación personal que recibe cada individuo, ni por reglas o instituciones bajo estandarte de moralidad pero con acciones de libertinaje. Donde debemos incidir es en el relevo de viejas pautas sociales que conducen a la desvinculación profesional y a encontrar el incipiente que aumente la complicidad entre aptitudes y preferencias.

 

Para utilizar un ejemplo que afiance dichos argumentos no es menester buscar imposibles sistemas metafísicos ni complicados logaritmos matemáticos. Partamos del caso de una empresa de pequeño nivel, con más de diez trabajadores activos y con un balance anual positivo pero estancado. A pesar de los ahora tan famosos “periodos fríos” o “depresivos” a nivel de facturación, la clave reside en la implicación de su personal.

 

¿Cuanta gente con los requisitos adecuados para trabajar en dicha empresa se siente identificada con lo que representa y con el trabajo que desempeña en la misma?¿Cuántos empleados se encuentran en nómina por necesidad y desempeñan sus funciones sin el menor interés? ¿Cuántos de ellos han entrado a formar parte de la plantilla por méritos propios? ¿Quién de ellos se repite día tras día “cobro a final de mes, cobro a final de mes...” en lugar de no importarle la fecha del calendario? El número de preguntas que se pueden formular a partir de estas premisas son tantas que incitan a indagar sobre ellas. Realmente esconden el perfil auténtico que, quizá no, seguramente sea el modus vivendi de la empresa.

 

Pensemos en la utopía desde la misma pequeña empresa en competir con medianas y grandes: partiendo de la contratación de personas seleccionadas tras entrevistas personalizadas, equilibrando el perfil de nivel de formación y de capacidades personales, sin dejar de lado a ningún aspirante, hasta el punto de asegurarse de haber llegado a seleccionar el equipo idóneo. La reacción de este simple hecho conlleva una renovación de la empresa, convirtiéndose en profesional de su sector y capaz de competir con grandes compañías, con un personal motivado y dispuesto a hacer historia con los suyos.

 

Esta reacción lleva al paro al camarero que te atendió con mala educación, a la mujer de la tienda de ropa que no te prestó atención porque tenia una conversación con el móvil más interesante que una venta, al mecánico que por vagancia tuvo tu coche tres días más en el taller y a todo ese grueso de gente actualmente en plantilla desganada o contratada... simplemente para cobrar a fin de mes.

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