Crecen la indigencia y los atracos callejeros a mano armada en Medellín. La ciudad modelo en la que “no ha fracasado el proceso de reinserción”, ni “los combos se están rearmando”, ni “hay una guerra armada por el control de las plazas de vicio”, está plagada de indigentes y ladrones callejeros. Aunque siendo justos, lo correcto es decir habitantes de la calle o en condición de calle, porque indigente, significa que no tienen el “estatus” de gente y no creo que el asunto llegue hasta allá. Los segundos, sí son simples ladronzuelos.

Aunque el enunciado inicial llevaría a pensar que el incremento de los atracos es consecuencia del desbordado número de gente viviendo en la calle, no tengo ningún elemento para hacer tal afirmación y además no creo que sea así. Para ilustrar un poco lo que digo, voy a contar una pequeña historia de la vida real: semanas atrás iba caminando con un amigo por el centro de Medellín (nunca me ha gustado el centro), exactamente Parque Berrío, eran las 6 de la tarde y de repente un hombre joven, de unos 24 años, se abalanzó por detrás sobre mi amigo y amenazándolo con un puñal, lo obligó a entregarle el dinero que tenía en el bolsillo, el celular y salió corriendo. Cuento esto para referir que el asaltante en cuestión, no tenía aspecto de habitante de la calle ni mucho menos (tampoco era el tipo mejor arreglado o más bien parecido), pero el caso es que logró, en menos de un minuto, llevarse 110 mil pesos y un celular, todo esto en el corazón de la ciudad y a menos de una cuadra de donde estaba un policía.

Ahora volvamos a los habitantes de la calle. Hace algún tiempo, en uno de mis trabajos periodísticos, entré a dos de las temibles “cuevas de vicio” del sector de San Benito, verdaderas guaridas plagadas de droga y a reventar de personas (en una había alrededor de 300 y en otra cerca de 150). Con todo y lo tétrico del panorama, los horribles olores y la traba al “estilo pajarito”, quienes estaban allí resultaron ser bastante inofensivos; cada uno en su mundo, con sus alegrías y tristezas, su historia, sus problemas… Pero al final, muchos ni se percataron de mi presencia, otros se limitaban a levantar la cabeza y uno que otro saludaba amablemente. Otro sector en el que pululan los habitantes de la calle, es el de La Macarena. Basta con pasar por ahí en carro para verlos a lado y lado de la autopista en sus actividades rutinarias, en sus cambuches o simplemente deambulando. Éstos también parecen ser bastante menos peligrosos que los rateros callejeros, porque uno ve al resto de la gente circulando tranquilamente por ahí y, al parecer, nada del otro mundo pasa.

Frente a estas dos situaciones, surgen varios interrogantes: ¿Por qué le huimos más al “indigente” y nos cuidamos menos del que está al lado que puede ser un ratero?, ¿por qué la policía persigue tanto al que viste harapos y huele mal, mientras por sus narices pasan los delincuentes con puñales que van a atracar al transeúnte desprevenido?

No digo que los habitantes de la calle sean las ovejas más mansas del rebaño o que el problema se reduzca a los atracadores callejeros, sólo me refiero a que el control debería ser más efectivo para todos y a que nosotros mismos deberíamos estar más prevenidos frente a todo el mundo. Menos mal que la brecha entre ricos y pobres está disminuyendo en Colombia, porque los pobres se están acabando. Claro, están llegando a la indigencia, lo que significa que ese panorama va a ser tan común, que tal vez así dejemos de mirarlos como bichos raros, pues al fin de cuentas todos vamos a terminar en el mismo costal o, siendo más preciso, cargando un costal.

En una ciudad llena de habitantes de la calle y rateros de quinta (porque hay otros más elegantes para robar), nunca se sabe. Y esto es producto de muchas cosas: una seguridad democrática que reprime, pero no soluciona, unos políticos baratos que se dedican a decir que no pasa nada, que todo está controlado y que los problemas son producto de la imaginación de la oposición (aclaro que no soy de oposición radical, ni de izquierda) y un montón de pendejos como usted y yo, que nos comemos todos los cuentos, mientras la sociedad está desbaratada. Dichosos los que no se incluyen en ninguna de las categorías del título. Para ellos, este comodín: si quiere y puede haga algo, si no, pues no haga nada.

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