CINCO PREGUNTAS PARA EL COLEGIO, ha sido una secuencia de inquietudes, apelando a lo que podríamos llamar sentido común, que ni es tan común, ni necesariamente es lo que en estos textos se ha definido; solo han sido una exploración de aquelllas cosas que rayan a mi entender más que con lo incoherente a lo que todos, incluídas las instituciones, tenemos cierto derecho a apelar; más bien es una exploración de aquellas prácticas que sofocan las posibilidades de ser más humanos, entendiendo lo humano como una construcción de deseos que nos permiten ser, conocer, soñar, amar, perder, ganar, aproximarnos a los otros, con cierto entendimiento, que solo lo inspira lo que cada quien haya avanzado en ser feliz.

Hoy termina esta secuencia, no por falta de ganas, sino porque creo que el aparatage escolar no resisite más preguntas. 

Hay una función a la que fui llamada a desempeñar en el colegio, la de ORIENTADORA ESCOLAR. Cuando uno lee las funciones de este cargo, son tan extensas y de tan variado calibre, tan ambíguas, y tan extrañas, que solo con leerlas, plasmadas en el contexto de la ley de educación, es necesario empezar una investigación exaustiva, no sé si de orden académico, o más bien con el terapeuta personal, para intentar si quiera llegar a entenderlas, por lo menos en su sentido.

Muchas veces he imaginado la importancia de simplicar lo que escribimos en esos contextos, tal vez en aquel lugar llamado Macondo, frente al titular de funciones escolares, el patriarca fundador, solo escribiría una palabra, la única necesaria para ser recordada, cuando se asomara el olvido que le traería la locura como refugio, frente a la nostalgia de sus maravillosos sueños de invención, tal vez la única palabra importante por recordar de manera escrita, en estas funciones sería: AMAR.

Si cada profesional que trabaja en lo escolar, iniciara una aventura interior, con la esperanza de descubrir formas de nadar en las olas del mar del otro, una indagación comprometida entorno al amar, amar al niño, al joven, al diferente; indagar las fronteras de ese acto humano, no en este caso como un acto, sentimental, romántico o erótico,  sino más bien si se quiere, solidario. Aquello que nos hace de cierta forma humanos.

Este camino de indagación interior, proporcionaría en sí mismo las luces necesarias que llevaría a mestros, orientadores,directores,a cumplir un vagaje de funciones escolares que no necesitarían escribirse. Podría añadir que en este momento se necesitan escribir compulsivamente, sistemática y formateadamente, porque es un compendio tan antinatural que necesita recordarse, lleno de secciones, subsecciones, y secciones de las subsecciones que devuelven a la pregunta por la definición inicial; ese compendio se ha convertido más, en la manera oculta de poner límites a las fantasías de cumplimiento de cada quien sobre los demás, fantasías de cumplimiento que van por un arroyo diferente al del amar.

AMAR en lo escolar, es un acto inspirado por la solidaridad, por ponerse en los zapatos del otro, por intentar entender, entender momentos, expresiones, disgustos, irreverencias, juegos, intenciones y contextos; es un acto de morir al intentar frenar la impulsividad de la autoreivindicación, por dar un lugr a la explicación, por ejercer acciones bajo una motivación que por lo menos se ha meditado como necesaria y que es diferente a la mera reacción, repetición mecánica o impulso.

Amar es la valoración del otro, como alguien tan importante, que me insipira a replantearmen, tan importante y aún más, que lo que mi iluminada razón tenga por decrile.

Lo importante frente a los manuales de funciones, necesarios por la dureza del corazón, no son solo el maremagnum de lo escrito, sino la compulsión de lo exigido de unos a otros. Parece que las letras toman vida en hipérbole, en la mente de cada quien, cuando se trata de exigirle al otro que cumpla; en este contexto se instalan las remisiones, los formatos, los exámenes de medición de coeficiente intelectual, de consumo de droga, de atención. La esquematización de proyectos como proyecto de vida, de sexualidad, y tal vez, se llegará a hacer necesario hasta crear proyectos de cómo ser seres humanos, porque lo natural, se escabulle ante la imponencia de la exigencia de lo aparente, en el cumplimiento.

El lugar de la orientadora escolar parece ser esa oficina donde se envía todo lo que no funciona, en principio podría ser una buena luz en medio de la oscuridad de la escuela; pero lo que no funciona, gracias a Dios, que es lo que sigue revelándose al orden de la uniformidad, sigue haciendo preguntas, sigue sin caber en la normalidad asumida, sigue gritando algo que no se ha logrado escuchar; todas estas manifestaciones de lo que no funciona en el salón de clases, en el pasillo, en las relaciones de unos con otros, se envía a esta oficina, sin entender nada, sin un pequeño acercamiento al qué quiere decir esto que no funciona.

Se envía no para ser escuchado, o para tratar de idear maneras más tranquilas de ser en medio de la diferencia. Se envía para que sea remitido, o mejor dicho aniquilado de la institución, esa es la función de las remisiones, establecer un rótulo que de una u otra manera aniquila como válido a este sujeto que indudablemente tambien sufre. El rótulo de un diagnóstico externo que respalde lo insoportable de él para el colegio. Se buca una remisión externa, a I.C.B.F, a la E.P.S, a un hospital, a una fundación, a un reformatorio, si fuera posible a la cárcel, o en el mejor de los casos a afuera, a la calle.

En alguna oportunidad que desarrollaba un taller con maestros de algín colegio en el que trabajé, me generó gran impacto, al preguntarle a una maestra que había sido maestra de primero de primara, donde se fortalece el proceso incial de lecto escritura, maestra durante más de veinte años. ¿Cuénteme profe, con genuina expectativa lo hice, durante todos estos años usted qué hipótesis ha establecido sobre las dificultades de algunos niños o niñas para aprender a leer y escribir?. Su respuesta inmediata fue: "los que no aprenden, no lo hacen por física pereza". Callé un momento, tratando de encontrar el saber que seguramente tenía esta maestra, que durante años se vió día a día, hora tras hora, con niños que no podían asumir el método establecido para aprender a leer, y le volví a preguntar, y ¿usted cómo entiende la pereza?, ella responde como un epitafio: como pura pereza.

¿Por qué un niño de seis o siete años sentiría pereza por aprender a leer?, ¿cómo era leído esto en su casa?,¿ qué era lo que le causaba pereza?, ¿cómo se sentía frente a la lectura?,¿ cómo le había ido a sus papás en el proceso de lectura?,¿qué quería este niño? y mil otras preguntas quedaron dando vueltas en otros aires.

La conversación a la que se le da lugar en la oficina de orientación, debiera ser en sí misma todo lo que se espera de ella. Es la oportunidad de rescatar lo simple, lo que se dice detrás de tanta parafernaria, de rescatar la confianza en el hablar, en explorar y explorarse, en la posibilidad de pedir ayuda más que en esforzarse en demostrar que se es, lo que los demás quieren, o no quieren. El conversar es la oportunidad para un niño de apropiarse de sus propias decisiones frente a sí mismo. Es un lugar valioso porque es el lugar para la palabra, para la escucha, no para el registro, la remisión, el formateo, ni siquiera para el diagnóstico, es una posibilidad de rescatar algo del ser, de lo natural de los seres humanos, de lo expontáneo, de lo que tanto se aprende.

La orientadora escolar, la imagino como ese ser que camina por allí, sin correr mucho, pausada, tranquila, sonriente, observando los juegos, las conversaciones, dispuesta a las palabras casuales, a la escucha improvisada. Caminando, riendo, en silencio, leyendo, o simplemente logrando la complejidad de realmente estar ahí, dispuesta a detenerse por otro, a amarle, como un feliz recordatorio para quien lo necesite, de encontar en la vieja añoranza de la conversación, un alivio para la presión del deber ser.

 

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