Los carteles de cerrado por vacaciones no se ponen en los escaparates de las tiendas de este país nuestro por Navidades. Más bien hay un abierto por vacaciones total. Hasta los domingos abren muchos centros comerciales y tiendas de barrio buscando hacer caja ahora que los potenciales clientes andan buscando juguetes para niños y regalos en general para toda la familia. Estamos en los meses del derroche: noviembre y diciembre. La cuesta de enero todavía nos queda lejana en el pensamiento.

Los carteles estos días anuncian felicidad. Cuando vas paseando por la calle y ves como los carteles del horario anuncian un horario ampliado, te sientes importante. No hay nada cerrado. Los vendedores te están tratando como a una marquesa. Casi crees que te quieren más que ese marido que tienes en casa con cara de hombre en crisis.

Por vacaciones navideñas abren sus puertas los comercios con una alegría que no encuentras ni en las rebajas de verano, cuando el sol invita más a ocupar las playas que a entrar a probar la última moda de primavera-verano. En estos meses invernales, en cambio, la calefacción de un Corte Inglés es una tentación. Os lo digo yo, que vivo en una casa con temperatura de iglú de esquimales de Alaska.

Las vacaciones de Navidad son distintas. Se impone la felicidad y acabas creyendo que todos somos buenos. Te miras al espejo y te ves cara de tonta feliz. Esto es gracias a que no hay carteles de cerrado por vacaciones. Sólo encuentras puertas abiertas en las calles de tu ciudad, puertas que te invitan a entrar y a ser feliz. Lástima que para ser feliz necesitas llevar dinero en la cartera porque la felicidad navideña que nos gusta a muchos es la de la compra compulsiva que te hace olvidar al marido con cara de lunes que habita tu casa todavía.

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