? Célebre Introducción a la Hípica

Recuerdo que ese desbordante e impulsivo entusiasmo que mostraba, siendo ya un sesudo hombre adulto, ante la posibilidad de participar en un concurso hípico fue la impresión que nos dio, era el efecto de una infancia penosa y de privaciones, cuando ilusionado intentaba de todas maneras, como fuera, subirse en el indómito burro que giraba, corcoveaba, sacudiéndose sin parar y que todos los estudiantes impacientes tratábamos de controlar, para que nuestro Director de curso, el profesor Lorenzo Chitiva, nos representara en la carrera de jumentos programada y que estaba por iniciarse en el pastizal grande que normalmente servía para jugar fútbol y en esta ocasión era el escenario de otra de las actividades y celebraciones de la mencionada semana “cultural”.

Le insinuamos a nuestro excitado Director que para lograr un mayor dominio, control y agarre de su cabalgadura de nombre “Salomón”, debía atarse muy bien a sus manos el largo lazo que le servía de riendas y fuste a la vez, siguiendo el consejo, así lo hizo.

En el lugar de partida se confundían en un solo grupo jinetes, muchachos y animales, todos preparados a la señal de largada, portábamos adecuados palos y varas, para asistir a nuestro bisoño jinete lo rodeamos. Al iniciarse la competencia los fustazos no se hicieron esperar, imprimiéndole cada vez más velocidad al trote áspero del cuadrúpedo, empezamos a tomar una sensible y halagadora ventaja al resto de los competidores, pero algunos nos sobrepasamos, como más tarde reconocimos, al chuzar a la bestia posiblemente con violencia y sin pudor en sus partes nobles y más íntimas, produciendo la inevitable reacción agresiva del pobre y sabio animal, que dando coses y patadas a diestra y siniestra, con furia, se encabritó, como lo haría cualquier cristiano ante el temido, grotesco y horripilante examen de próstata, al cual se refirió en alguna ocasión Klim, el genial periodista y escritor, a raíz de haber tenido que someterse con resignación a tan monstruoso y ofensivo procedimiento de análisis bacterial, con un tal Doctor Pinilla, preguntándose luego del acto, si de ahí en adelante debería firmar e identificarse como Lucas Caballero de Pinilla. El caso es que ante la arremetida del semoviente nuestro Director levitaba por los aires, siendo arrastrado a galope tendido, al no poder zafarse oportunamente del lazo que fuertemente sujetaba sus manos, arando con su cuerpo el terreno, dando tumbos, brincó la cerca limítrofe y se perdió con el asno que seguía jaloneando y corcoveando descontrolado y fuera de sí por los predios vecinos, dañando hortalizas y sementeras. Con inquietud de culpa, fuimos alterados a rescatarlo lejos, en una zanja profunda, donde por poco se ahoga enmarañado en los juncos, nenúfares y enredaderas del pantano que allí nacen, con la mirada vidriosa y perdida, tiritando y entumecido, delirante y trémulo, preguntaba estremecido tartamudeando sin cesar qué diablos estaba haciendo en aquél gélido lugar.

Así terminó con hipotermia el entusiasmo hípico de nuestro Director, el Profesor Lorenzo, y lo peor nuestras esperanzas de ganar la anhelada carrera de jamelgos.

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