Es difícil encontrar la verdad en estos tiempos modernos donde estamos en constante cambio. Sin embargo, me he dado cuenta de que la verdad no es única: puede cambiar, LA PUEDO CAMBIAR.

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El domingo pasado, Francisco estuvo en mi apartamento. Teníamos que estudiar para el primer parcial de la única materia que vemos juntos y accedió venir a mi casa para ayudarnos a varios que no entendíamos algunas cosas. Podrían haber venido Coco, Gigi, Del, Ago y Pacho. Al final terminaron viniendo simplemente los dos últimos. Lo que me encantó fue que él llegó primero y yo estaba solo en mi apartamento. Me llamó y me dijo que donde me esperaba para que lo recogiera pues no sabía donde quedaba exactamente el apartamento. Le dije que me esperara en la plazoleta central del conjunto. Estaba muy emocionado de verlo un domingo, me latía el corazón demasiado rápido pero menos que antes debido a la confianza que ahora teníamos. Iba caminando lo más rápido que podía. En la mañana el día estaba genial: un sol resplandeciente que te hipnotizaba hacia afuera simplemente para observarlo, pero ya era de tarde y habían unas nubes que amenazaban llorar muy claramente. El viento gélido que golpeaba contra el cerro que protege la ciudad se devolvía furioso de tantos intentos fallidos para derrumbar esa montaña y quién pagaba esa rabia en ese instante era yo. Giré la última esquina y llegué a la plazoleta. Lo busqué por todos lados. Me acordé de que siempre que lo busco a él precisamente, es lo primero que reconozco y esta vez no fue la excepción. Estaba sentado en una banca y parecía estar pensando en algo serio para él. De repente me vio y sonrió. Mi cara imitó la suya inevitablemente. Tenía la chaqueta que le quedaba muy bien y que me gustaba que se la colocara. Le dije con señas que viniera donde yo estaba pues era bobo ir hasta donde estaba él y después devolvernos, pero él me señaló con su sarcasmo que no, que yo tenía que ir hasta donde él estaba y como algo tiene él que me idiotiza, seguí sus instrucciones. Tenía la mano fría como siempre que se la toco. Quería darle un abrazo, que me devolviera el que me quedó debiendo hace unos días en un encuentro extraño. Me asusta saber que él tiene todo lo que me gusta en alguien.

Caminamos al apartamento y cuando llegamos me acordé otra vez de que el destino estaba a mi favor. Entramos a mi cuarto y no podía creer que estuviéramos los dos solos en este. Lo tenía a menos de medio metro de mí, sentado en mi cama, con apenas una camisa. Él me hablaba pero yo no podía poner atención a lo que me decía pues mi mente estaba buscando la manera de evitar que mi cuerpo se lanzara y mis labios lo besaran. Pero desafortunadamente mi mente no es tan fuerte como mi cuerpo, y fue este último quién ganó la batalla, pero ambos perdieron la guerra pues Francisco separó nuestras labios de manera brusca y me preguntó: -Qué le pasa!?

 

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