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Un puesto móvil y un fogón para asar las castañas es lo que se instala impregnando las calles con el olor característico a castañas asadas. Su origen es incierto pero ya en el siglo XVIII su imagen se hizo popular y se convirtieron en un atractivo para los días previos a la llegada del frío invierno. Muchos de estos puestos temporales de las castañeras fueron inmortalizados por los artistas pintores de la época.

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Obra del artista pintor Alfredo Palmero de Gregorio donde se ve la Rambla de Barcelona con una nevada y el puesto de una castañera.

Las castañeras en la antigüedad bañaban las castañas en anís antes de asarlas por lo que resultaban mucho más olorosas. Sus herramientas de trabajo eran de lo más sencillo, una olla con agujeros, un fuego de carbón, castañas, un cuchillo para hacerles un corte antes de asarlas, agua y una silla para sentarse. Algunos de estos utensilios de han ido modernizado usando hornillos de gas y otros adelantos pero la esencia de las castañeras permanece dejando el aroma de castañas asadas por las calles de ciudades y pueblos.

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Obra "La Castañera" del pintor madrileño Antonio Medina Serrano.

Al pararse frente a uno de estos puestos de castañas, el olor de estas nos trae recuerdos de la infancia, momentos felices de un tiempo donde salir a comprar castañas asadas, humeantes y olorosas, era una novedad que rompía la monotonía le nuestra vida protegida con el manto familiar. El olor a castañas asadas es el olor del otoño, preámbulo de un frío invierno cuando la abuela nos cogía de la mano y nos llevaba a comprar un cucurucho en el puesto de la castañera. ¡Cuantos recuerdos regresan frente a un sencillo olor a castañas asadas! Y es que los olores de nuestra infancia los llevamos con nosotros para siempre...

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"Castañera", obra del pintor romántico y costumbrista Antonio Cabral Bejarano, Sevilla 1788-1861.

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