La casa de paja

Mis sueños son recurrentes, así como las malas digestiones y el pensamiento negativo. Me llamo Paul, a secas, sin apellidos. Mis progenitores prescindieron de mí, dejándome al cuidado de unas monjas que no sabían absolutamente nada de niños, creando así un auténtico mounstro sin sentimientos y de carácter difícil. Reconozco esto después de vistitar a una cantidad ingente de psicólogos que trataban de sacar de mi interior esa bestia que me poseía, sin éxito por supuesto. No derramé ni una sola lágrima durante toda mi vida hasta ayer. Ayer cumplí setenta y dos años de una vida solitaria y antisocial, autoimpuesta por mí. Pero ayer lloré por primera vez, al comprender que durante todos estos años la casa de paja no era mi talón de Aquiles, sino la frágil morada de mi negatividad. En ese sueño que me acompaña desde que tengo uso de razón había una casa, una casa de paja. Una casa en mitad de la nada rodeade de un prado tan verde que se podía palpar. La clorofilada hierba bailba al son de un viento imaginario emanando una fragancia extremadamente deliciosa. Junto a la casa estaba yo, suspendido unos cincuenta centímetros por encima del suelo, con una perfilada aunque débil sonrisa y con el torso doblado hacia una de las paredes de la casa de paja, como si un extraño imán me sostuviera allí. Podía ver, podía oler, trataba de ser feliz, pero esa insignificante casa o más bien lo que había en su interior me lo impedía. A los sesenta y siete años entré por voluntad propia a la residencia en la que me encuentro. Como es de esperar las miradas que comencé a recibir al cabo de un tiempo, eran miradas de indiferencia, repugnancia e incluso miedo. Tan sólo Magie, cada día, me daba los buenos días y me sonreía. Al principio me incomodaba su simpatía, pero al cabo del tiempo necesitaba su saludo y su sonrisa como el humo de mi cigarro. Tardé no meses sino años en perder un poco mi sólida manera de ser para entablar una conversación con ella, pero siempre muy sobrio. Magie se reía mucho, tal vez demasiado, pero sé que no lo hacía por mis desdichas sino para derribar algún muro que ella conocía y yo no. Han pasado cinco años desde entonces, y ayer, por primera vez, le hablé de la casa de paja. Ella sonriendo sólo me dijo:

- Está muy claro Paul, hay que derribar esa casa.

Acto seguido me sopló suavemente en la cara, de manera constante y volvió a repetirme que ella la derribaría.

- Es paja Paul, es fácil derribarla.

Entonces recordé el cuento de los tres cerditos y el lobo, sólo que en mi caso el lobo estaba encerrado en la casa. A los pocos minutos sentí ese soplo de Magie muy dentro. Sentí como el viento moraba en mi corazón y asustado me levanté, me esxcusé y me dirigí a mi habitación. Allí dormí. Y allí soñé con la casa de paja, con la hierba y con el viento, sólo que ese viento era mucho más fuerte, tanto que la paja comenzó a desprenderse poco a poco de la casa, hasta que con un girón de viento acabo por derribarse del todo. No había nada en su interior, pero yo, que me encontraba hasta ese momento suspendido en el aire, caí estrepitosamente sobre la suave hierba. Y me desperté. En ese preciso instante una tristeza enorme me recorrió las venas como un veneno letal, pero en cuánto derramé las primeras lágrimas sentí que todo florecía dentro de mí. Tantos años viviendo suspendido y sólo Magie se atrevió a soplar. Fui a buscarla todo lo rápido que los años me lo permitían y me fundí con ella en un inmarcesible beso que no rechazó. La casa de paja, simplemente, dejó de ser.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: