Son tus cartas mi esperanza, mis temores mi alegría y, aunque sean tonterías; escríbeme, escríbeme…

Así comienza una hermosa canción de los años 60 de mucha aceptación entre los románticos de aquella época (Bella época)…, no es esto lo que quiero comentarles; lo que me motiva en sinceridad es hablar de la importancia ayer más que hoy de la carta como medio de comunicación muy querido y utilizado por todos universalmente. Hubo momentos en la historia del mundo en que su utilidad era de hecho imprescindible, naturalmente precedida antes por otros sistemas que como es de esperarse más primitivos que cumplieron su rol y luego dieron paso obligado por su importancia y funcionalidad a la carta. Tomando así esta; su trono imperecedero hasta nuestros días, donde aún reina simbólicamente casi y, perdurará hasta el fin de los tiempos si esto es posible.

Motivación

El intercambio epistolar, dicho así o tomado de esta manera por la intelectualidad o el cartearse para los menos ilustrados tiene; la misma importancia aún en nuestros días. En el pasado el contenido escrito de una carta hizo; temblar reinos y, tambalear potencias y, porque no; también destruyeron reputaciones y acabaron con más de un político de medio pelo. Por contraste en infinidad de ocasiones salvaron la caída de un trono, impidieron la debacle de cualquier potencia imperial de cometer errores en su perjuicio o el de algún tercero.

Someramente hemos realizado un vuelo rasante, sobre el papel preponderante que ha tenido y aún tiene la carta como; un vehículo de comunicación institucional pero; más bien en el contexto interpersonal para estar más centrado, así lo percibo. Hoy día tenemos medios más expeditos, para comunicarnos, para contactarnos con las personas e instituciones. Ahí tenemos todas las posibilidades que las diferentes tecnologías del hoy nos posibilitan: fax, email, mensajes de texto y algunos otros. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que ninguna de ellas supera el encanto ni la intimidad de esta venerable anciana que; por sus particularidades especiales, nos permite explayarnos en su escritura, volcando en ella todo el sentimiento, pensamiento, emoción que somos capaces de contener dentro de nosotros mismos. Contar secretos, revelar intimidades que solo a través de una carta somos capaces de expresar, decir.

Esencia e intimidad

Ella por su esencia e intimidad nos permite ser sinceros, tristes, sentimentales y por contraparte: falsos, mentirosos, indolentes…, este instrumento en sí; es el más apropiado para los tímidos, introvertidos porque ella le da prestaciones que otros instrumentos no les facilitan; secreto, encanto, complicidad más tiempo, para decir lo que tengas que decir sin ambages y, en teoría el único freno que dicte la moral, educación y el buen criterio te impongan.

Cuando leas esta carta comprobaras cuanto te quiero mi bien…, es por eso que te escribo; quiero hallar alivio…

Donde la carta no tiene ni de lejos ningún rival a la vista es: la carta de amor; que medio sublime para decir y cantar palabras bonitas, hacer llegar sentidas frases de alegría, de encanto, tristezas, frases de incendiada pasión…, ¡oh suspiros entrecortados presagiando encuentros en parajes ignotos! ¡Comunicando arreboles de mágicos colores a través de las letras para tatuarlas a fuego vivo en el pensamiento y el alma de tu amada!

La carta de amor

Voy a transcribir un trozo de una carta de amor de un distinguido hijo de la América Meridional, hombre universal por sus hechos y por su verbo, por su prosa vibrante. El más que nadie es ejemplo insigne de lo que hemos venido relatando arriba, de la calidad y cualidades de la palabra escrita para transmitir: emociones, estados de ánimo y tantas otras cosas para; ir dejando huellas a la posteridad, no importando la importancia del personaje, ni su clase, modo social, raza. Solo dejar escrito en un trozo de papel su personalidad, su esencia, su alma. Carta de Bolívar El Libertador a su prima Fanny Duvillars a las puerta del sepulcro.

Ha llegado la última aurora; tengo al frente el mar Caribe azul y plata, agitado como mi alma, por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve, impoluta como nuestros ensueños de 1805; por sobre mí, el cielo más bello de América, la más bella sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz... Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan... Tú conmigo en los postreros latidos de la vida y en las últimas fulguraciones de la conciencia... Adiós Fanny... Esta carta de signos vacilantes, la escribe la misma mano que estrechó la tuya en las horas del amor, de la esperanza, de la fe; es la letra escritora del Decreto de Trujillo y del mensaje al Consejo de Angostura... No la conoces, verdad..? Yo tampoco la reconocería, si la muerte no me señalara con su dedo despiadado, la realidad de este supremo instante... Si yo hubiera muerto sobre un campo de batalla, dando frente al enemigo, te daría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado, a los campos de un sol de primavera... Muero despreciable, proscrito, detestado por los mismos que gozaron mis favores; víctima de intenso dolor, preso de infinitas amarguras. Te dejo mis recuerdos, mis tristezas y las lágrimas que no llegaron a verter mis ojos... No es digna de tu grandeza tal ofrenda..? Estuviste en mi alma en el peligro; conmigo presidiste los Consejos de Gobierno; tuyos fueron mis triunfos y tuyos mis reveses; tuyos son también mi último pensamiento y mi pena postrimera... En las noches galantes de la Magdalena, vi desfilar mil veces la góndola de Byron por los canales de Venecia; en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú: porque tú has flotado en mi alma, mostrada por níveas castidades... A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las íntimas congojas, aparece ante mis ojos moribundos, con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras, y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas, y en tu voz oigo las dianas inmortales de Junín y Bombona... Adiós Fanny... Todo ha terminado... Juventud, ilusiones, sonrisas y alegrías se hunden en nada; sólo tú quedas como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad. Me tocó la misión del relámpago, rasgar un instante la niebla, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío... Adiós..!”… Simón Bolívar, 16 de diciembre de 1830… Al día siguiente Bolívar muere inmerso en una pena...

 

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