La Carreta Fantasma es una película que acaba con algunos tópicos del cine mudo.

El problema que muchas películas mudas tienen, vistas desde el prisma actual, es su falta de efecto dramático. Quizás sea porque no escuchamos las voces de los actores, quizás sea porque nos cuesta empatizar con personas de otro tiempo que apenas comprendemos, pero en ocasiones no llegamos a conectar con esos filmes. Esta no es una de esas ocasiones: cada uno de los elementos que la conforman, desde el conmovedor y brillante guión hasta los innovadores efectos especiales, hacen que el conjunto no tenga nada que envidiar a cualquier película sonora y que incluso los menos asiduos a este tipo de cine puedan disfrutarla.

La cinta nos cuenta la historia del conductor de la Carreta Fantasma, que se encarga de la sufrida tarea de recoger a las almas de los muertos para poder llevarlos a su destino, y que será relevado en Nochevieja. O de eso trata, al menos, la leyenda que cuenta uno de los borrachos que pasan las horas muertas en el bar del pueblo. Por supuesto, como en toda buena historia de terror, nuestro protagonista se mostrará escéptico. La presentación de este junto a los demás alcohólicos es especialmente brillante: se le muestra como alguien que bebe demasiado y que no se preocupa nada por sus responsabilidades o por las consecuencias, terrenales o divinas, de sus actos.

El vehículo que lleva a los muertos a su destino

Esta despreocupación acaba acarreando su muerte. En el momento en que su vida llega a su fin, descubrirá que esa leyenda de la que se burlaba era cierta, y que él será el encargado de llevar a cabo el trabajo que ahora desempeña un amigo suyo que murió la pasada Nochevieja. Es en su charla con el espíritu donde se desarrolla gran parte de la trama de esta película, que a través de flashbacks nos explica cómo el personaje principal ha desperdiciado su vida. En realidad, la historia de la carreta es un mero mcguffin para narrar esta fábula.

Precisamente, esta termina de una forma que hoy en día, por lo trillado del recurso, podemos considerar inefectiva, pero que sirve para resaltar el carácter educativo de esta historia edificante. A pesar de lo que pudiera parecer por el desarrollo de algunos personajes, al final triunfa la redención, que se convierte en el tema principal de la película.

El filme se estrenó en 1921 y contó con la dirección del sueco Victor Sjöström, más conocido por aparecer en Fresas Salvajes, de Ingmar Bergman. Aquí también interpreta al irresponsable protagonista, logrando desempeñar estas dos importantes responsabilidades con la destreza necesaria para crear un filme de esta categoría. En definitiva, se trata de una obra maestra que merece más reconocimiento del que tiene y que puede ser atractiva para espectadores de todas las épocas.

El visionario director que hizo esta obra maestra del terror

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