Visto lo visto y oído lo oído, uno no sabe ya que pensar. Por un lado, lo claro e indudable es que no podemos seguir por el camino que llevamos; la carretera es mala, el tiempo no acompaña y, el conductor se ha olvidado las gafas. Pega volantazos a diestro y siniestro, sin importarle lo que se lleva por delante y cualquier atajo que intenta tomar finaliza en un profundo barranco. Por otro lado, analizas la alternativa  y te acogotas; gente ávida de poder que ofrece por costumbre espectáculos vergonzosos y vergonzantes de luchas fraticidas. Para más INRI, entre ambos, los representantes de los trabajadores se mueven menos que un gato de escayola, mostrando una pasividad escandalosa.

Ni los unos ni los otros ni los de más allá valen un pimiento; son carne de pescuezo, cada una de una parte del mismo, pero con idéntico sabor y textura. Unos se hartan de enseñarnos su torpeza sin ningún tipo de rubor y vanagloriándose por su inutilidad. Otros enseñan sus garras sin percatarse del miedo que genera observar sus batallas internas desde el exterior, mostrando que su principal preocupación es quién va a colocarse en cabeza cuando se suceda al torpe gobernante. Por último, y no menos importante, los que están al frente del asalariado padecen una narcolepsia ultrajante.

Y abajo del todo estamos nosotros, las hormigas productivas; laboramos por migajas, aguantamos inclemencias y esquivamos pisotones. Nutrimos la colonia con todo lo que podemos y tenemos que asistir atónitos al mal uso que se ejerce con el fruto de nuestro sacrificio. Deberíamos organizar una marabunta y devorar a los miserables que nos están hundiendo. O por lo menos rugir un poco, manifestarles que hasta aquí hemos llegado. Nos falta sangre…

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