Aquí es que no paramos. Siempre hay más de lo mismo. Mientras casi todo el país se desangra buscando ingresos con los que sobrevivir, los electos dirigentes políticos escenifican su miserable comportamiento de juzgado en juzgado. La impunidad que les ha protegido, y aún protege, les ha permitido enriquecerse estafando, malversando y, sin ningún rubor, robando un dinero hediondo que no les ha pertenecido nunca. Aprovechando su privilegiada situación, han estado golpeando y pisoteando todos los principios morales que debían haber regido sus actuaciones durante sus mandatos.

La soberbia en su comportamiento, la prepotencia que les ha llevado a pensar que jamás serían descubiertos, sigue siendo su guía y les acompaña incluso ahora, que están a las puertas de la cárcel. Prisiones éstas que tendrían que acogerles a ellos, ejecutores directos de los delitos, y a aquellos que con su silencio han sido cómplices de sus fechorías. Entre todos, se han reído en nuestra cara, se han burlado de nuestro esfuerzo y sacrificio, han menospreciado nuestra inteligencia y han manipulado a su antojo nuestras voluntades,  buscando en todo momento única y exclusivamente su propio beneficio.

Hablan de coches, pisos y joyas como si fueran  pan,  leche y  carne. Manejan millones de euros con la soltura del mejor mago. Mienten con alevosía y, cuando ya están acorralados, amenazan con tirar de mantas que nunca se mueven del sitio. No basta con renegar de ellos, hay que definirles para siempre. Son ratas ruines, restos de la carroña que expele un sistema que lucha por pervivir, mostrándose muchas veces incapaz de extirparse los elementos enfermos. Urge su eliminación y su exterminio político, para que nos creamos posible la regeneración en una clase elitista y corporativista que está intentando destruir, sin conseguirlo, nuestra fe en la democracia.

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