LA CANDELARIA es tal vez la zona más hermosa de Bogotá. En ella el tiempo parece detenido, es más pasado que presente, palpita en medio de una historia llena de colores, arquitectura, sonidos, similar a la de un pueblito;  con una vida llena de poesía, artesanía, chicha, homenajes a escritores, murales, calles con nombres en inglés, teatros y casas talleres, restaurantes encantadores, pequeñas frases escritas en las paredes, diciendo, contanto y hasta protestando, por que en esa o aquella casa vivió tal o cual personaje de la literatura, la historia, o simplemente de una familia bogotana.

Al caminar por sus calles, su magia se hace mayor al encontar en ella, como en ninguna otra parte de Bogotá, turistas extranjeros que caminan por ella como si la conocieran de siempre, aún cuando lleven morrales gigantes y algún mapa en la mano.

La mayoría de sus TURISTAS son europeos, ya que los argentinos por ejemplo, más que turistas han ido tomándosela, siendo en un gran número de casos ellos los dueños y administradores de los hostales que brillan por su abundancia y hermosura, en casas antiguas, con jardines interiores llenos de árboles, piletas de agua, y matas de colores, de pasillos iluminados, de madera por todo lado, cocinas comunales donde se encuentran diferentes culturas y paladares, hamacas y paredes de colores tierra; llevando nombres que claro invitan a su magia: Fátima, chocolat hostal, aventureros de la Candelaria, Masaya, Sue Candelaria, Abadía Colonia, ... 

En ella queda el chorro de quevedo, lugar donde todo inicio para Bogotá, es como ir al vientre de esta ciudad. Es de los lugares imperdibles por visitar , como en un cuadro de Van gogh, luce lleno de callejuelas empedaradas, con árboles conjugados con las casas de los alrededores, casas con recordatorios inscritos en piedra, de que en ellas se gestaron los movimientos revolucionarios de nuestros antepasados criollos, callejuelas y recovecos que desembocan a una plazoleta central, con una iglesia pequeña y encantadora, como de pesebre, con un nombre también de pesebre: La Ermita de San Miguel del Príncipe.

Esta plazoleta está llena de artesanos sanos y embriagados por la chicha, el café o los aromas emblemáticos de este sitio; cuenta con alguna comparza, cuenteros, presentación de títeres o teatro, especialmente los sábados; antesala del maravilloso repique de campanas, de la iglesia del barrio Egipto, que como una cita con los sonidos del alma, suena sin falta el domingo, repique que viaja por los aires que vienen de una montaña única, llenando las calles de los amaneceres del día de guarda, según el dictamen de Constantino, de una dulce paz y alegría.

A unos metros de ella se encuentra la PLAZA DE LA CONCORDIA, que además de ser, creo yo, una de las palzas de mercado más caras, en general las tiendas de mercado de la zona son bastante caras, tal vez por ser una zona con tantos turistas; en contraste cuenta con un pequeño restaurante con parasoles al aire libre, donde el almuerzo es ofrecido por una maravillosa y cálida abuela, con sabores caseros de esos como del campo; siendo el único lugar al que cedo a la tentación ancestral de comer más de una harina, arroz con papa sudada aplastada; además de todas estas bondades, es muy barato, compitiendo con el de olímpica de la jiménez con cuarta, solo que en este último donde hay un menú variado y aparentemente muy higiénico, hay que someterse a una larga fila de comensales hambrientos.

Cuenta la plaza con una frutería deliciosa, con una señora totalmente dedicada, aunque la ensalada sería perfecta con un poco más de queso y crema de leche, como todas las ensaladas de frutas.

La casa Poesía Silva, La casa de Tolstoi, El teatro la Candelaria, El teatro de sueños, La Biblioteca Luis Angela Arango, el centro García Márquez, la cercanía a la Plaza de Bolívar, la séptima peatonalizada, el museo del Marquez de San Jorge, el histórico Tia; y otros que galardonan sus fronteras territoriales como el café Romana, el mercado de las pulgas de los domingos, el querido y renovado cine Embajador, sobreviviente de la época de oro de los cines del centro,  en dónde venden un delicioso maíz pira con caramelo, y puede entrarse el tinto a la sala de cine; la cinemateca Distrital, el Teatro Jorge Eliecer Gaitán, el restaurante La Normanda,  y muchos, muchos, lugares más, son los encargados de complementar una magia infinita de esta pequeña Bogotá

En medio de todo este panorama, es común encontrar un grupo de turistas extranjeros, no de los que van con mapa en mano, sino de los que acuden a las posibilidades del tour en grupo; rubios, altos, con ojos azules y verdes, guiados por otro que general, y curiosamente, también es un extranjero; explicándoles en inglés historias que seguramente la mayoría de los que habitamos estas tierras ni conocíamos.

Es común encontrarlos en la panadería de la esquina con todo un discurso ininteligble al idioma chibcha, sobre las bondades del roscón, las galletas cubiertas de coco, y el pan rollito, ante la mirada expectante de los dueños de la panadería sobre qué van a comprar, y al irse comentar de manera realista y hasta subrealita: esos solo vienen a que les enseñen, pero no compran nada...

Es común encontrar a estos turistas, parados largos minutos frente a los grafitis y murales, que nosotros los autóctonos vemos ahí como el retablo de la foto de la familia en la casa, frente a la que no habría que dar tan largas explicaciones, como las que ellos oyen con aparente paciencia hacia un guía que grita, imparable, una explicación que seguramente los de aquí ni conocemos.

Es común verlos en un grupo por tour en bicicleta, en donde el dueño de la bicicletería, atiende con algo de decidia cuando un coterráneo suyo se acerca a preguntar: cuánto vale la alquilada; y en cambio se desvive en una aparente calma amable, cuando se acerca un ejemplar humano de tipo diferente a nuestros rasgos... tan propios; seguramente porque sabe que los de aquí no pagaríamos 50 o hasta 70 mil pesos por montarnos en una bicicleta y dar vueltas por nuestra Candelaria, cuando abajito en la séptima, con el plan de bicicletas del distrito nos la alquilan gratis, y cuando los domingos el Instituto de Recreación y Deporte hace tours explicativos gratis, repitiendo no se si la misma historia, que explica el guía a gritos en un idioma desconocido.

¿Cuáles son los saberes que llevamos como bogotanos? ¿es el saber del guía? ¿es la repetición de los relatos de la historia, lo que en sí mismo hace tan mágico este sitio? Aveces imagino siendo yo la guía,  leyendo o hablando de cuentos de García Márquez y ahora hasta de Hector Abad, como correlato al maravillos expectáculo que ofrece la Candelaria; relacionando tal vez, las calles con la poesía de Borges, nombrando nuestra hermosa montaña, la del Funicular solo con suspiros o mis historias en ella; explorando las casas construídas, a través de los relatos arquitectónicos o históricos, recogidos de los ancianos de la zona, que entre otras cosas, mágica y extrañamente escasean, pues es una zona que siempre parece llena de jóvenes, aunque vivan en un pasado mágico y quieto.

Si bien lo que llamamos "cultura general" es importante, no es tan necesario venir hasta estas tierra para saberla, podría hacerse un viaje virtual con las notas de wikipedia, creo. La cultura general no se conduele con los saberes de los caminantes, de los que la andamos, de los que como buscando oro, encontramos dónde el pan es más rico, o cuáles son las horas del sol maravilloso, en que se cuela por los tejados de barro, o que el saludable acto de caminar para nada, solo se interrumpe para tomar un café, hablar, y simplemente estar ahí.  

Saberes sin ciencia, son los que se puede perder el turista bajo la guía de un regente que grita en otro idioma, o tal vez no.  Tal vez es lo que el turista busca, solo tal vez, andarla con un guía en grupo, aunque no logre atrapar del todo la magia que tiene para nosotros esta Candelaria, pues tal vez, si solo la andaran, escucharan pequeñas cosas que no aparecen en libros, como la referencia a la papa espichada con arroz de la abuelita del restaurante de la plaza de mercado, o los palitos de queso de la 12 con cuarta, o los roscones de olímpica, o los recitales de música de la biblioteca luis Angel Arango, o el señor de la séptima peatonalizada de unos setenta años, que hace él mismo rompezabezas de obras de arte bellísimas, o las maravillosas horas de un sol caprichoso, tantos secretos que la vida cotidiana nos regala.

Estos saberes, no los da un guía,  tal vez, poner en marcha el viejo refrán de que preguntando se llega a Roma, les permitiría a los TURISTAS  y a nosotros una magia aún mayor, la de conversar; nos acercaría, ya que somos dos mundos que cohabitamos en esta maravillosa Candelaria, que hermosa y justa, tiene campo hasta para más.

 

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: