Se sentó a escuchar en aquella silla azul, aquel repertorio de canciones que había escogido con mucho cuidado.

Había escogido las canciones más tristes, aquellas que sonaban entre susurros, en la misma línea, sin sobresaltar con golpes de guitarra o batería, lo hizo sentada frente a su ordenador, donde no solo se le permitía escuchar sino también ver aquella cantidad de imágenes que avanzaban al ritmo de la música, imágenes como las suyas propias.

No buscaba sentir más dolor, al contrario de lo que muchos imaginaban, simplemente buscaba desprenderse de él, las historias de aquellas tristes canciones eran como la suya, así que cada lágrima que resbalaba ayudada por aquella música llevaba el dolor de su propia historia.

Comenzaba a sentirse más tranquila, relajada y liberada de los hechos, palabras y actitudes a los que había estado atada, se había aferrado a ellos sin querer ver lo que había detrás.

En un pasado si abría los ojos, pensaba ella, no quedaría nada, prefería vivir con lo de fuera, o eso es lo que pensó en su momento, con el dolor por lo menos había algo, ella fue la que había echo la supervisión directa, lo hizo imaginando sus propios movimientos y sus resultados.

Sin embargo, se olvido de los movimientos de él, que fue el que se encargo de marcar el comienzo de otra historia, fue cuando ella corrió a refugiarse en las canciones, en todas aquellas que hablaban de tristezas, de relaciones rotas, canciones que le hacían recordar y también liberarse de sus ojos cerrados.

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