Capítulo 1. “Siempre te amar酔

Hace muchos años, en una pequeña villa que llamaré Santa Isabel, vivía una mujer de humilde condición, a quien llamare Esther. Su situación no desmerecía sus valores, ya que poseía una fortaleza y una voluntad dignas de ser nombradas. Con sueños en su mente, apasionados, pujantes y llenos de esperanzas. Con un amor a flor de piel, y una dulzura que inspiraba felicidad a quien se le aproximara.

Vivía del poco dinero que le pagaban por lavar ropa, limpiar casas y cuidar niños, trabajando en el pueblo contiguo. Este pueblo, si bien no era mayor en cuanto a la población de Santa Isabel, su principal actividad era la hacienda. Por ende, Esther siempre trabajo rodeada de riquezas que no poseía. Sin embargo, esta historia no habla de su vida, sino del inmenso amor que vivió junto a su novio a quien llamaré Iván, el entonces Oficial de Policía de la localidad. Un amor del cual luego nacería una bella y frágil criatura de dorados cabellos y tez trigueña que juntos nombraron Camila.

Corrían épocas muy dolorosas en el país, cargadas de la dura mano que imponía una mala administración gubernamental. Impuestos altos, salarios bajos, y una inflación que provocaba un elevado costo de vida. Esther no podía mantenerse económicamente, pero Iván procuraba que no le faltara nada, así tuviera que pasar necesidades él.

Una tarde de verano, partieron hacia una de las haciendas en las cuales trabajaba Esther, para disfrutar de una exquisita merienda, a la sombra de un viejo roble. La excusa era que Esther tenía que cuidar la casa de la hacienda mientras el dueño viajaba a la ciudad capital a hacer unos trámites.

Disfrutaban de un bello atardecer mientras las palomas anunciaban la proximidad de la noche, y los grillos con su constante canto profesaban una noche de calor. El clima poco les importaba, solo querían abrazarse y besarse hasta que la oscuridad de la noche los consumiera. Sus demostraciones de amor no se hicieron esperar y, apasionados, consumaron su amor.

De esa hermosa tarde de verano nacería el pequeño retoño que tenía augurada una vida de felicidad y dicha junto a sus padres, pero no todo es como en los cuentos con final feliz. Tiempo después, una revuelta en un local de la ciudad capital había forzado a la policía a intervenir intentando no recurrir a la violencia. De todas formas, un mal cálculo, un arma que no se debió mostrar, una bala que nunca debió salir de la recamara y un inocente que estaba en el peor lugar a la hora en que debía estar jugando alegremente con sus amiguitos. Esther e Iván veían esto por televisión, mientras se mostraba en vivo por el noticiero local. Una crónica de una muerte anunciada, la revolución civil. La policía no pudo hacer más por contener a las personas. Al mismo tiempo otra revuelta, en otro local. La situación empeoraba. Pasaron los días y múltiples grupos sociales de humilde condición pero de malas intenciones saqueaban, a mano armada, supermercados, estaciones de servicio, bancos. Ya no querían víveres, solo hacer daño y sacar un premio a su maldad.

Fue un domingo. Las nubes amenazaban con alegóricos estruendos la proximidad de una lluvia. Esther paseaba feliz del brazo de su amado, y los atrapó el agua. Riendo a carcajadas corrían a refugiarse en algún local cercano. Entonces pasó lo menos esperado. Suena el teléfono celular de Iván. En la ciudad capital había muchas bajas de oficiales de policía e Iván, al igual que varios efectivos de la fuerza, debían reportarse a primera hora del lunes para ser trasladados y prestar servicio como refuerzos. Como no podía ser de otra manera, y llamado por el deber, Iván accede.

Cuando cesa la lluvia, se dirigen a su casa. Iván prepara el bolso para marcharse, se despide de sus padres, y decide pasar esa noche con Esther. Por razones obvias, no durmieron. Ambos presentían algo malo. Al amanecer, Esther acompaña a Iván a la estación local, y se despide de él con un fuerte abrazo y bañándolo con sus lágrimas. “Cuídate…” le dice a él y rompe a llorar aún más, como si presintiera que algo muy malo iba a pasar. “Descuida, estaré bien… Esto no puede durar demasiado…” se engañaba Iván, porque sabía que la decadencia del país había llegado al extremo y esto, evidentemente, recién empezaba.

Esther vio como se alejaba el colectivo, presionaba fuertemente su pecho como para impedir que su corazón escapara de allí. Algo malo iba a suceder, pero inconscientemente lo reprimía con más lágrimas. Esa mañana, esa gris mañana llena de tristeza, sería la última vez ambos verían al amor de sus vidas. “Siempre te amar酔 se repitió una y otra vez Esther. “Siempre te amar酔 se repitió una y otra vez Iván.

 

Continuará…

 

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