La primera semana después del 11 de septiembre los medios de comunicación dieron cuenta del “America under attack”.

Estos medios repitieron doce imágenes de un avión y otro estrellándose en las torres gemelas, el humo, el derrumbe, la huida de miles de personas. También sacaron de la desesperación una historia que contar: La historia de las víctimas.

Una historia de lágrimas y por supuesto, de héroes que dieron la vida por personas a las que no conocían. Héroes a los que la periodista Sonia del Valle definió como “… los que dan la vida siempre por aquellos que son indefensos, que son vulnerables, que son todo menos ciudadanos, son todo menos sujetos de derechos…”.

Acabado el tema apareció una nueva historia: “América se Levanta”. Los afanosos rescatistas no eran sujetos de noticia, tampoco los colaboradores de todas las nacionalidades que llegaron hasta la zona de desastre esa misma noche para buscar a los sobrevivientes.

Los sujetos de la noticia, los héroes, fueron los bomberos y los policías, y junto a ellos, Rudolph Giuliani. El alcalde de la ciudad fue convertido en héroe por los mismos medios de comunicación que meses antes le reclamaban sus líos extramatrimoniales. Giuliani fue el ejemplo de gobernante exitoso, preocupado y ocupado por su ciudad.

Por otra parte, antes del el atentado, solo la mitad de la población aprobaba la gestión de George Bush. Luego del atentado y su discurso, el 85% lo aceptaba como su dirigente máximo, como su “comandante en jefe” (según los comentaristas de televisión). Un comandante que ubicó al “culpable”, lo satanizó, lo destruyó frente a una sociedad aterrada y adolorida y le advirtió al mundo entero: “están con nosotros o contra nosotros”.

La sociedad necesitaba respuestas. Y el discurso del presidente norteamericano al congreso puso las palabras exactas en los oídos de una sociedad cuyos medios de comunicación no cuestionaron las razones, por lo tanto las personas tampoco.

“…nos odian, por que odian todo lo que representamos: la libertad y la democracia…”. Así lo dijo el presidente, así lo transmitieron los medios, así lo sintió la gente y así se hizo.

Pero lo que no dijo Bush fueron las razones. Faltó la crítica a la hegemonía americana, el análisis, la rendición de cuentas de un gobierno que, después de la segunda guerra mundial, ha bombardeado una veintena de países.

El principio de la nueva doctrina militar del pentágono establece que el éxito de la guerra depende de la capacidad de control de la opinión pública y de dominio en la intensidad y orientación temática de las noticias a cargo de la cobertura informativa por los medios.

Las guerras no comienzan por el primer disparo sino con el diseño del proceso medio de “hipermediatizacion” para movilizar a la población a favor de la estrategia de agresión.

La guerra televisiva es una guerra ficcional de información – visualización en directo. La inmediatez de la noticia y la virtualidad de la imagen, producen el efecto ilusorio en el espectador de que posee todos los elementos de análisis para juzgar por sí mismo la incuestionable legitimidad de los procedimientos empleados.

“… Están con nosotros…” advirtió Bush y las 50 corporaciones que dominan el monopolio mundial de las comunicaciones dijeron que si.

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