Aquella noche hacia calor y era perfecta para el sexo. Juanjo estaba en la hamaca justo a mi lado. Marco también andaba por allí. La terraza debería haber estado llena en aquella época pero las lluvias constantes de las últimas semanas habían dejado vacio el hotel.

Yo estaba caliente. Llevaba todo el día así. Me desperté esa mañana después de un sueño húmedo, del que no recordaba mucho, que me tuvo caliente todo el día. Y aquel era el momento para el sexo. Juanjo, Marco y yo teníamos el hotel para nosotros y aunque ellos aún no lo sabían, yo estaba más que dispuesta a aprovecharlo.

–Cariño, tengo muchas ganas. –Le susurre al oído a Juanjo, mientras retenía entre los labios el lóbulo de la oreja y deslizaba la mano, bajando desde el pecho hasta el paquete. Me miro, sonriendo y volvió los ojos hacia Marco, interrogándome con la mirada. –Y la próxima vez con una mujer ¿te parece?–le dije sonriendo maliciosa.

–Ve a convencer a Marco –me animó.

Hacía tiempo que conocíamos a Marco y no tenía ninguna duda que estaría encantado con la idea de penetrarme hasta dejarme exhausta. Iba a comprobar si estaba dispuesto a tener sexo conmigo delante de mi pareja. Marco estaba de pie, al fondo de la terraza, buscando alguna estrella después de tantas noches de lluvia.

Me acerque por detrás y sin pensarlo, comencé a besarle la base de la nuca mientras deslizaba mis manos por su pecho, agarrándole desde atrás. Tardo un par de segundos más de lo esperado en darse la vuelta. Me miraba extrañado, pero a la vez divertido y cachondo, diría yo. Después miró fijamente a Juanjo mientras deslizaba las manos por mi trasero.

–Puedes ir calentándola. –Dijo Juanjo sonriendo mirando a Marco. Estaba claro que, aquella noche, todos teníamos ganas de sexo.

–Creo que ya está caliente–respondió Marco mientras levantaba el vestido hasta sacarlo por la cabeza. Desabrocho el sujetador con pericia y me lo quito, dejándolo caer al suelo. Comenzó a acariciar mis pezones, erectos y sensibles. Primero con los dedos, recorriendo suavemente la aureola. Después con la boca, lamiendo el pezón mientras deslizaba las manos a las nalgas dejando que sus dedos que sus dedos acariciaran mi culito. De repente paró.

Yo estaba de pie, solo con mis braguitas, cachonda y dispuesta, mientras Marco me miraba fijamente a un metro de mi y Juanjo hacia lo mismo desde la hamaca. Pensé que me iba a volver loca, así que decidí olvidarme de ellos. Me dirigí entonces a uno de los sofás, consciente de que llevaba la mirada lasciva de ambos clavada en la espalda. Me senté y me quité las braguitas, sensual e insinuante, paseando la mirada de uno a otro, y abrí bien las piernas.

Marco fue el primero en dejarse convencer por mi sexo húmedo y receptivo. Se arrodilló delante de mí y comenzó a besarme el interior de los muslos mientras sus dedos paseaban por mi sexo, metiendo solo un poquito el dedo para sacarlo en seguida y llevarlo hasta el clítoris. Siguió así hasta que llegó con sus labios a los míos, con la lengua a mi clítoris y con dos o tres de sus dedos comenzó penetraban rítmicamente. Abandonada a los placeres que Marco me estaba regalando con su boca y sus manos, no sentí llegar a Juanjo hasta que puso su mano sobre mi cabeza. Cuando abrí los ojos, tenía delante de mí su miembro erecto diciendo ¡cómeme!

Sentir aquella polla, dura y caliente, en mi boca mientras Marco seguía jugando con mi clítoris y follándome con los dedos, me llevo a un orgasmo lento, tranquilo y delicioso, que no impidió que continuara chupando, lamiendo y besando el gran caramelo que tenía en la boca.

Marco se incorporo y se quedo mirándonos un momento. Se puso de pie y me agarro por las caderas intentando darme la vuelta. En seguida entendí que pretendía. Sin sacar de mi boca la deliciosa polla de Juanjo, me di la vuelta y me agarre a los reposabrazos del sofá. Marco no dudó, me envistió con energía, dejando que su polla me abriera completamente mientras con los dedos acariciaba el culito. Mientras Marcos me follaba por todos los agujeros yo continuaba chupando la polla de Juanjo con deleite. Estábamos entregados al placer.

Seguimos durante un rato, acompasando el ritmo de la mamada con las embestidas de Marco, sintiéndome llena de polla, completa. Hasta que Juanjo me agarro la cabeza, metiéndome la hasta la garganta al tiempo que Marcos me agarraba la caderas para follarme con más fuerza. Yo, también a punto de correrme, me abandone del todo, dejando que Juanjo follara mi boca hasta correrse mientras Marco hacía lo mismo con mi sexo para terminar, casi al mismo tiempo, los tres muertos de placer y bañados en sudor, tirados sobre el sofá en aquella calurosa noche.

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