Dónde está la que hace unos días, pasaba el tiempo mimada, por la suavidad de nuestro aroma, siempre bello, y con esa esencia nuestra, como de una sencilla promesa; se olía en tus ojos, esos mismos a los que mi mirada abraza como el siervo sediento que bebe a borbotones, agua milagrosa del oasis.

La mujer que te ama, se desvaneció la otra noche, en el callejón, oscuro y solo, de la calle veintitres, donde tal vez, sin medir la profundidad y alcance de los sonidos, o quizás sí, dijiste, otra vez, como si nada cambiara, a pesar del uso continuado de nuestra experiencia, y del camino andado, algo así, como que no podías tenerme en tu vida, algo así, como que no podías administrar algo, como si te fuera más posible, no tenerme, y como si tenerme, o no tenerme, dependiera de tu pasado, y como si tu presente no dijera, y como si entonces, no fuéramos nada en el universo, y como si el hombre que quiero, fuera un fantasma imaginado, de un hombre que no existe, y que siento que me quiere.

Aunque fui yo, quien inicio el barullo, y propuse que termináramos ya, estos versos agridulces que han compuesto nuestro ritmo; también retrocedí de ese intento, cuando resentí, la inmensidad de lo que somos juntos, la sana costumbre de mi amor por tí, y las bondades existenciales, del abrazo exquisito que ocurre entre nuestros cuerpos. Aun así, perdona por favor, mi ligereza, decirte adios, fue una ligereza.

Pero esa noche en el callejón, oscuro y solo, de la calle veintitres, obviaste todo nuestro mundo, como un dictador sin tregua, no solo fue lo que se dijo, que ya ni me acuerdo con específico detalle, sino ese sonido lapidario que tienen las palabras crueles, que masacran. Allí, esa noche, la fe con la que siempre te acogí como si fueras mi destino, mi mañana, mis buenos días, mi amanecer y mi abrazo, se rebeló de su ceguera.

Desde esa noche han pasado otros días, y va corriendo el tiempo, y seguimos juntos, es que parece que aunque digamos, son los hechos los que no pueden mentirnos, y por supuesto, todo lo que sucede, tiene que ver con ese momento, en ese callejón, cuando proclamaste que vivir juntos, no tenía sentido, por algo así, como que no puedes administrarme, aunque no aclaraste, si estar separados, sí tiene sentido administrativo.

Desde entonces a tu lado algo falta, algo sobra, algo ya no está, algo fue robado, o quizás, más bien, algo rompiste, y bueno, ahí estamos, algo tiene que ser reparado. 

De nuevo, no soy inmune, y sigue ahí, amenazante, el dolor del desprendimiento, del que tanto me he cuidado, con el reflejo que trae consigo ¿algo no es vida entre nosotros, cuando todo parece cierto? ¿por qué entonces, enunciar palabras vanas, cuando los hechos denuncian, lo que inevitablemente somos?

callejon calle veintitres

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