No podía frenar, se sentía precipitarse a un vacio inmenso que parecía engullirlo. Intentaba aferrarse a algo pero no había asidero posible. Todo era una caída sin límites, un descenso sin fin. La angustia lo inundaba oprimiéndole el pecho conforme se quedaba sin aire. Rozando la histeria pujaba por encontrar una forma de frenarse. No sabía cómo, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.

Un relámpago de dolor le atravesó todo el cuerpo, lo dejó sin aliente. Las lágrimas saltraon de sus ojos resbalando por sus mejillas y cayendo a la oscuridad que parecía esperarlo pacientemente. El dolor era insoportable. Todo le daba vueltas, y sin embargo, aunque todo fuera la más densa negrura no paraba de moverse y producirle unas náuseas incontrolables.

¿A dónde aferrarse? ¿cómo evitar lo fatídico? Hubiera deseado por lo más sagrado tener esas respuestas, pero estaba sólo en la agonía. Sentía los músculos del cuerpo contraerse dolorosamente, como en espasmos involuntarios reaccionando al sufrimietno. En su garganta se formaba un nudo que no sabía si entraba o salía, pero le dificultaba la respiración.

Gritó con todas sus fuerzas mas nadie lo escuchaba. Gritó, lloró, aulló todo por expulsar tanta agonía de su interior. No había respiro, no había pausa. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo tocaría a su fin aquel dolor tan penetrante? No le quedaba otra cosa que aguantar, que resisitir. Llegar al límite del dolor, donde la conciencia pende del filo de una navaja y en cualquier momento puede otorgarle el don del descanso.

Pero ni la conciencia jugaba a su favor, aguantaba estóica para darle más tiempo de sufrimiento. No cedía ni un apice para que el sueño reparador le devolviera a su estado originario. Deseaba con todas sus ganas que aqueil tormento amainara. Intentaba sostenerse en algo, pero nada había a su alredor. No había ni un punto de apoyo, ni un respiro donde aguardar el paso de la tempestad.

Había llegado al punto en el que todo le dolía sin excepción alguna, las lágrimas hacía ya que se había secado, mientras en posición fetal, en mitad de la oscuridad temblaba atenazado por el sufrimiento. Todo se había precipitado de una forma que no hubiera deseado, había hecho todo lo posible por evitarlo, pero había sucedido. Era una lucha más, otra batalla en la que jugarse las cartas. Si aguantaba, si resistía saldría fortalecito ¿a qué precio? Esperaba que el suficiente para aguantar la siguiente caída, el suficiente para plantarle cara en mejor condiciones.

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