He tenido el feliz privilegio de andar en carro por Bogotá; hoy no sé cuánto tiempo más lo pueda hacer. Es entendible porque muchos compran carro, ya que también es innegable que, a parte de hacer caminatas inspiradoras, andar en carro es un mundo privado, en dónde se habla por teléfono, se escucha música, se habla a solas, se canta agrito herido, o suavemente de acuerdo a la necesidad, se piensa y medita y hasta se llora sin muchos expectadores, se ahorra algo del tiempo que no vuelve, se hacen varias diligencias un poco más ágilmente, se conversa cuando hay algún pasajero ocasional, que es mucho mejor cuando ese pasajero es mi hijo, quien me habla casi todo el camino de sus juegos y decisiones, lo que hace aún más enternecedor el recorrido, con quien además hacemos coros cada vez más sofisticados, y alguno que otro duelo con otro conductor, que osa retarnos; y claramente se soportan los trancones, indudablemente mejor que en bus.

Por contingencias de la vida hoy tuve que coger una buseta  que me llevara desde el centro hasta la primera de mayo con cincuenta. Lo que parecía una práctica sin mucha importancia, se convirtió en una aventura de sobrevivencia, casi tan áspera como la de Bolívar para llegar a Santa Martha.

Hace muchos, muchos meses no tenía que recurrir al bus público, lo que ocasionó mi primer impase con el desconocimiento de las nuevas rutas y cómo cogerlas, por ello tuve que caminar hasta el mundo oscuro de la décima con diecinueve para intentar encontrar una ruta que me sirviera; por fin al conseguirla y habiéndole preguntado al conductor si me servía, abordé esta buseta en la que en pleno medio día con el estomago listo para almorzar, estaba el conductor con dos acompañantes cominéndose un perro caliente, que llenaba de olor todo el recinto antiguo que él manejaba sin las manos, pues en una llevaba el perro caliente y la otra la turnaba para tomar un jugo, recibir la plata y meter el cambio para avanzar o parar.

Ubiqué mi puesto, en una BUSETA que empezó con unos cinco pasajeros, lo que parecía soprendente y alentador, y terminó como por arte de magia, con unos cien, tal vez eran menos, pero así me lo parecían, sin contar sus morrales, sus bolsas, sus maneras de conseguir sacar el teléfono para hablar, y otros, sus sandwich para comer.

De la diecinueve a la sexta, gastó aproximadamente una hora; una hora sustanciosa, con personas que se subieron a cantar y vender cosas navideñas; un muchacho cantó un rap inspirado en cómo lo único que puede cambiar al mundo es el amor interior, busqué todas las monedas que tenía para dárselas, con algo de agradecimiento, pero sobretodo admiración; luego una señora muy arreglada compró una de esas cosas que vendían por doscientos pesos, siete en mil, diciendo de manera que se escuchara muy bien, que lo hacía solo para colaborarle al vendedor, pero lo demoró más de cinco minutos replicándole que lo que le compró, que era un moño navideño mágico, no le servía como él lo había ilustrado,valga decir con una explicación que envidiarían muchos maestros de colegio. El volvió a explicarle, y a explicarle, hasta que ella quedó satisfecha con su compra de doscientos pesos, solo para colaborarle a él. 

En medio del recorrido inicial de una hora para recorrer más o menos diez cuadras, tiempo que gasto en ir a Sueca, a un señor mayor, digamos un abuelito, le entró una llamada, él sacó su celular viejito también, con carcaza azúl para darle tal vez un toque moderno, y habló, decía que estaba haciendo compras navideñas, pero no había encontrado nada, entonces se iría con su dinero al restrepo a ver si allá conseguía algo; colgó para prestar una atención de niño de primaria a la explicación del señor de los moños navideños. Mientras, se subía una señora que muy enojada discutía con el conductor porque ella pagó solo uno, y no dos pasajes, y que era el colmo él le devolviera mal su dinero, ya que eso seguro lo hacía para ver si ella no se daba cuenta.

Al llegar por fin a la avenida sexta, la buseta iba repleta, y yo algo desolada, aunque iba sentada, llevaba sobre mí el peso de la incomodidad de todos los que iban de pié, sobretodo del señor que iba casi sobre mí. El olor a perro caliente, ahora era una conjugación de calor, sudor, comidas variadas, un desconsuelo profundo de algunos, incluyéndome, y un conformismo acostumbrado de otros, lo que indudablemente era una mejor opción ante el panorama.

En la sexta, el señor conductor tomó tal velocidad, como para traer tal vez algo de  vida a su rutina, una velocidad no apta ni para el tipo de vehículo, ni para una ciudad con tantos carros, ni para unos pasajeros que ya ni querían recordar cuánto trayecto les faltaba; así mismo frenaba de maneras que todos nos sambullíamos en una especie de montaña rusa sin placer.

Otra señora que se acababa de subir, pensó que iba para el centro, y preguntó: esta no va para el centro? un coro enérgico se río y le dijo no, venimos del centro!, mientras yo ya ni sabía de qué centro hablaban. Ella le dijo al conductor que había cogido mal la ruta, que si la dejaba por favor, y él a gritos le dijo que sí, pero que ella había marcado dos pasajes y solo le había pagado uno, entonces que si no le pagaba el otro, él no paraba.

Mientras tanto la señora elegante que compró el moño navideño, solo para colaborarle al vendedor, se iba a bajar; tenía que atravezar una selva para llegar a la puerta trasera, gritaba: pero qué pasa, dejenme bajar, qué pasa, qué pasa; otra señora le respondió: no pasa nada solo que la buseta está andando y usted no timbra para bajarse, pero cómo salgo, si ustedes hicieron ahí un nudo; refregándose más de lo que quisiera, con el moño en la mano, llegó a la puerta desesperada; pensé que ella no era conciente de su felicidad al por fin llegar a su destino para bajarse de ese infierno, mientras otros seguíamos ahí pagando quién sabe qué, y todavía a mitad de camino.

Luego de una hora y cuarenta minutos se aproximó la luz al final del tunel, un recorrido en el que gasto en el carro, que en ese momento me pareció un carruaje de reina, veintycinco minutos.

En este RECORRIDO no hubo hablada por teléfono, ni música elegida por mí, ni los paisajes únicos de la circunvalar, ni siquiera meditación, todo era un presente sin posibilidades.

Me acerqué a la salida libremente, pues en el restrepo se bajó medio mundo; en la puerta había un señor de los que se habían subido por atrás, cuando por delante era imposible, de esos que mandan su dinero y pasa mano por mano hasta llegar al condutor, completico. Cuando ya casi me iba a bajar se subió por la puerta trasera, con peripecias de colado, un indigente que lastimosamente olía a de todo, menos a bueno, imponiendo su olor al de todos; yo esperé a que se acomodara, y por fin timbré. Como si hubiese sido corto el RECORRIDO, al señor conductor le pareció propicio llevarme varias cuadras más, como algo que tal vez consideró un regalo, o no sé si un desahogo.

Agradecí a Dios, llegar sana y salva. ¿Qué haré si no puedo tener mi CARRO, que ahora ya no era un simple vehículo, donde se crea todo un mundo privado, lo entendí como una armadura de caballería?, tal vez no salir, tal vez intentar comprar una moto, tal vez una bicicleta; o tal vez, adaptarme y disfrutar todo este nuevo panorama, sonreí y llegué a mi destino para por fin almorzar; tal vez si tengo que viajar en BUSETA, valoraré más los destinos.

 

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