Otro dos ejemplos de cómo el burofax me salvó de empresas, negocios y administraciones locales que pretendían tomarme el pelo.

El caso de las multas paleolíticas

Siete años después de cambiarme de domicilio, el Servicio de tráfico del ayuntamiento de una ciudad vecina, se entera de que no vivo donde creían. Hay que señalar que a la semana del cambio yo ya me había empadronado en mi nueva residencia; al mes me puse la dirección correcta en el dni, y a los seis meses, aprovechando la renovación, también en el carnet de conducir.

Mientras tanto, los de ese ayuntamiento, ajenos a todo y convencidos de que nadie jamás se cambia de casa, me enviaban pertinazmente las multas a mi antiguo domicilio. Por lo que parece, el nuevo propietario las archivaba directamente en la papelera.

Aprovechando pues que, gracias a un cartero con vocación de Sherlock Holmes, se han enterado finalmente de dónde vivo ahora, junto con una multa reciente –que tengo que pagar, esa sí— me mandan otras dos, por infracciones cometidas en el año 2000. Hay que señalar que cuando me las mandan estamos ya en el 2007. Y que las multas caducan a los cinco años.

Así que no hago ni caso. Pero, un par de meses más tarde, recibo una notificación en la que me reclaman el importe de estas multas y me piden que les mande una relación de mis bienes por si es preciso embargarme algunos para cubrir el importe.

Pasando de los recursos posibles que me sugieren “al dorso”, redacto inmediatamente un burofax. En él les hago notar que las multas están prescritas y, ya que ellos me piden la relación de mis bienes, yo, ante la sospecha de que alguien haya actuado con mala fe, les pido el nombre del funcionario que me ha mandado esta comunicación, o la del jefe de servicio, ya que las denuncias penales no pueden ponerse contra empresas o corporaciones. Todo ello basado en la certeza de que ningún funcionario pude ignorar cuál es el período de prescripción de las multas. Les pido también que me envíen la documentación pertinente, y que me orienten hacia el artículo legal que quita valor a las prescripciones, si es que están en condiciones de hacerlo.

Asunto solucionado. Ni una palabra más. Dudo mucho que el “conducto reglamentario” de alegaciones me hubiera dado resultado.

El caso del Seguro indestructible

Coche nuevo, ¡por fin! El viejo ya hacía años que tenía la lepra y se iba desmembrando a trozos por ahí. Para comprar el coche he aprovechado una oferta en la que, por la compra, te regalaban dos años de seguro, con una compañía determinada. La compañía determinada no es la misma que tenía, de modo que se impone anular el seguro del coche anterior sin pasarlo al nuevo.

Parece fácil, ¿verdad?

Llamo a mi antigua compañía, una de esas que se anuncian diciendo que puedes hacer cualquier trámite por teléfono e internet. Les pido la anulación del seguro y la devolución del importe correspondiente al período que ya no utilizaré. Les informo también de que el coche en cuestión ya está en el desguace y ha sido dado de baja en el ayuntamiento.

--La parte que ya tiene pagada podemos pasársela al seguro de su coche nuevo –me dice la señorita que me atiende.

Le explico que estoy con otra compañía y que tal vez compremos otro coche pequeño más adelante, para cubrir una necesidad concreta (error: jamás des explicaciones que no te han solicitado)

--En este caso, le guardamos el dinero hasta que tenga esa otro coche.

--Oiga, no, llegado el momento ya contrataré otro seguro –insisto.

Al final, me dice que por teléfono no vale la anulación del seguro, que tengo que comunicárselo por escrito. La cuestión de si me devuelven o no el dinero pendiente, no ha quedado clara.

Se lo comunico por escrito, por e-mail. Pasadas unas semanas, me contestan diciéndome que por e-mail no vale, que tiene que ser por carta.

Les llamo de nuevo, para aclararlo. Me dicen que son una compañía seria y que “en las compañías serias, las cosas se hacen por carta” (he meditado a menudo sobre esta frase sin llegar a conclusiones claras). Sobre lo de devolverme la parte del dinero correspondiente, me dan largas, no me dicen ni que sí ni que no. Cuando trato este tema, la telefonista me trata un poco como si yo le estuviera cayendo bien y, de pronto, la hubiera decepcionado profundamente.

Envío una carta.

Un par de semanas más y me contestan por e-mail diciendo que la carta “no estaba bien” y “no es válida”. Se les olvida decirme qué tengo que ser para que lo sea.

Les envío otra carta, esta vez certificada.

Otra vez, un nuevo e-mail. La carta certificada tampoco es válida. Me adjuntan un formulario para que lo imprima, lo rellene y se lo envíe por correo.

Mientras tanto, han pasado más de dos meses, y la parte que me deben cada vez es menor, porque el seguro sigue vigente, aunque el coche no exista.

Así que, harto ya, les mando un burofax, comunicándoles la anulación del seguro y pidiéndoles que me devuelvan el dinero que me corresponde.

Cinco días después, recibo ese importe por transferencia bancaria. Ojalá hubiera empezado por el burofax.

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