La charca

La pequeña charca estaba rodeada por unos duendes que se protegían del sol con sombrillas blancas que tenían en su centro un círculo amarillo. Bajo el agua habitaban diminutas sirenas que no eran hermosas como las sirenas que vivían en la mar, sino que tenían un color negruzco y una cabeza enorme que estaba unida a un largo velo. La superficie líquida era continuamente patrullada por unos monstruos que tenían el cuerpo estrecho y unas larguísimas y finas patas articuladas. Los encargados de realizar la vigilancia desde el cielo eran varios grupos de dragones azules y rojos que, aunque no eran de los que arrojaban fuego por la boca, cada uno de ellos tenía unos grandes ojos y cuatro alas que se movían a una velocidad que me parecía infinita, e incluso podían permanecer detenidos en el aire. A poca distancia, miles de guerreros que portaban sobre sus cabezas grandes penachos de un vivo color violeta, observaban expectantes.

Cincuenta años después vuelvo a pasear en primavera por la dehesa extremeña. El espectáculo multicolor es grandioso después de la lluvia; es como si la madre tierra se hubiera lavado la cara. Me detengo junto a una charca flanqueada por una cerca de jaras y margaritas. En su interior bucean decenas de renacuajos, y la superficie del agua es recorrida con gran rapidez por una multitud de zapateros, esas “arañitas” de largas patas y cuerpo oblongo. Sobre ella revolotean libélulas azules y rojas que se mueven en todas direcciones, y a veces se detienen en el aire sin que pueda distinguir el vertiginoso movimiento de sus alas. A no mucha distancia, detrás de las margaritas, una alfombra violeta de flores de cantueso desprende un aroma cautivador. En ese momento sonrío y pienso en lo mucho que echo de menos la imaginación que tenía cuando era niño.

Libélulas azules posadas en una ramita

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