Mediante unas pocas líneas podemos conseguir expresar sentimientos y dibujar vivencias que, de otra manera, quedarían diluidos en textos extensos. Espero ser capaz de hacerlo.

He vuelto a ese lugar

Han pasado muchos años, demasiados. He vuelto al lugar en el que pasé mi infancia, he respirado hondo y he tenido una sensación extraña: el patio que entonces era inmenso, hoy es pequeño. El tiempo se detenía durante nuestros interminables partidos de fútbol, o mientras jugábamos al pañuelo. Después de tantos años el patio casi no ha cambiado, pero no veo a las niñas saltando a la comba, no hay interminables partidos de fútbol, no escucho el bullicio de los niños,…, sólo hay silencio.

Hasta más allá del infinito

¿Cuántas veces nos hemos mordido los labios por vengüenza, por timidez, incluso por cobardía? ¿En cuántas ocasiones hemos dejado de expresar nuestro cariño por unos padres, por unos hijos, por una esposa, por una hermana,…? Aun habiéndolo expresado, ¿no hemos tenido la impresión de que nos ha faltado algo por decir? Esa vergüenza, esa timidez, esa cobardía se convierte en lamento cuando el ser querido ya está en otro lugar, cuando no podemos acariciarle, cuando ya sólo podemos sentirle. Nos damos cuenta de que necesitábamos un minuto más, sólo un minuto.

No dejes pasar el tiempo, díselo, escríbele unas letras, aunque esa parte de ti ya se haya ido. Hazlo cuando comienza tu día y cuando des gracias al finalizar la jornada. Es solamente una frase, una breve frase que, sin embargo, no tiene fin: “Te quiero hasta más allá del infinito”.

Una flor en la “playa de mamá”

Cuando éramos niños, la “playa de mamá” era la playa favorita de mi madre, a la que íbamos a menudo durante los veranos que pasábamos con mi abuela en la ciudad mediterránea donde nací. Hoy también es la playa de mi otra madre, la que se ha ido al cielo hace poco tiempo.

Es una playa que ha cambiado muy poco desde los años setenta, y eso me encanta. No hay altos edificios ni aglomeraciones en los meses veraniegos. Allí existe una maravilla que tiene que perdurar, un milagro efímero que tiene lugar todos los finales del mes de agosto: donde termina la playa, como si fuera un copo de nieve sobre una tierra que parece baldía, asoma presumida la azucena de mar. Es un auténtico privilegio poder observarla tan de cerca, un privilegio por el que doy las gracias.

Flor en el Mar Menor

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