La breve historia de un amor eterno

La breve historia de un amor eterno

La breve historia de un amor eterno

La breve historia de un amor eterno

LA BREVE HISTORIA DE UN AMOR ETERNO.


Esta es la breve historia de un amor eterno… Fue lo primero que pensé después de ver el corto de animación titulado “Padre e hija” (“Father and daughter”), dirigido por Michael Dudok de Wit, de origen holandés.

Padre e hija” se presentó en el 2000 y fue galardonado en 2001 con el Oscar al mejor cortometraje internacional de animación y en el Festival de Clermont-Ferrant, entre otros.

La música de este filme fue compuesta por Normand Roger y ambienta todo el filme.

Haciendo a un lado los detalles técnicos en cuestiones de animación, es necesario mencionar la manera en que el corto aborda el sentimiento fraternal entre un padre y su hija, invadiendo a un espectador que asume el papel de testigo, al igual que la naturaleza transformada en escenario temporal para los protagonistas.

Este corto es una obra poética, carente de palabras porque el diálogo va y viene como la niña, entre el paisaje, los recuerdos, el anhelo, la lealtad, los personajes y el espectador, quien es llevado de la mano por la música, hacia el encuentro de aspectos trascendentes y profundamente humanos, como el tiempo y sus transformaciones circunstanciales que el individuo debe vivir y pese a ello el amor permanece a través del recuerdo de quien espera incansablemente al ausente que nunca se fue; se hizo invisible para permanecer como la llama siempre viva en la sangre y su vaivén, unas veces alegre como el sol primaveral y otras, melancólico en el aire otoñal, que parece oponerse a la búsqueda. Funge como distractor a través del esfuerzo; pero termina vencido por el ímpetu del corazón.

Padre e hija” establece el silencio como lenguaje y la música como un puente hacia el interior de los personajes: Un padre que siente incertidumbre en la despedida y su hija que mantiene la esperanza de volver a verlo algún día y a pesar de tener la certeza de que no volverá, continúa preservando el ayer en su presente, conjurando la cruel certeza con su regreso al sitio de la despedida y el saludo oculto en el timbre de la bicicleta con el cual da vigencia a la imagen de su padre, para despedirse de igual manera, manifestando un “aquí estoy”; “el mundo cambia, yo cambio”; “pero no te he olvidado”.

Simbólicamente, las aguas se han secado cuando la que un día fue una niña, ya no percibe el vaivén de su sangre… Es el momento del encuentro definitivo.

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