Que la tecnología digital ha transformado el mundo es algo innegable. Por eso cabe hacer una distinción entre política, relaciones sociales, periodismo (como esta misma página atestigua), privacidad… antes y después de Internet. Este cambio ha tenido consecuencias beneficiosas como un mayor acceso a la información y la capacidad de crear contenido independiente de los grandes medios de comunicación, pero también ha traído problemas tan importantes como sus ventajas. Entre estos se encuentran una trivialización de la política que hace que programas electorales o incluso sistemas de pensamiento pierdan su complejidad al resumirse en un simpático tweet, una obsesión por ser relevante en el ciberespacio que lleva a pasar gran parte del tiempo en las redes sociales o una pérdida de contacto real en las relaciones personales.

Internet, por lo tanto, tiene un reverso siniestro que muchas veces se obvia. Aunque las posibilidades de transformación social positiva que ofrece este medio son esperanzadoras, también lo son las posibilidades de que acabe transformándonos en seres deshumanizados. Al fin y al cabo, al perder la distancia, perdemos la empatía con la persona al otro lado de la pantalla. A pesar de que la privacidad en Internet es irrenunciable y menos respetada de lo que se debiera, esta se utiliza muchas veces para humillar a otra persona o reírse de las desgracias ajenas. En definitiva, la red se convierte en demasiadas ocasiones en un medio para desahogarnos de una forma que la vida real no nos permite. Esto puede ser beneficioso para evitar el linchamiento público por decir algo políticamente incorrecto o descontextualizado, pero también puede favorecer ese mismo linchamiento.

Twitter

No es de extrañar que el terror se haya fijado en las nuevas tecnologías. Películas como Eliminado o Paranormal Activity han tratado de aprovecharlas para contar historias originales, pero no han indagado en las consecuencias que tienen estas nuevas redes con las que nos comunicamos. Hasta la fecha, el producto audiovisual que mejor ha reflejado las transformaciones sociales que conllevan estas innovaciones (más allá de antiguas historias de ciencia ficción que anticipaban el presente) ha sido Black Mirror.

La serie, creada en 2011 por Charlie Brooker, es una antología de historias con un nexo común: una reflexión sobre la importancia que la tecnología está adquiriendo en nuestra vida. Con la colaboración de otros guionistas y algunos de los mejores actores británicos, esta creador nos hace fijarnos en ese espejo negro que vemos a diario y logra que nos observemos a nosotros mismos.

El Himno Nacional

 

Este primer capítulo, alejado de la ciencia ficción de los siguientes, sigue el proceso de un escándalo político: los intentos de taparlo, el papel de la prensa, la importancia de las redes sociales a la hora de difundirlo… todo lo que vemos a diario pero sobre lo que pocas veces acertamos a reflexionar. En este caso, un misterioso secuestrador amenaza la vida de una importante miembro de la nobleza británica y promete matarla si el Primer Ministro no practica sexo con un cerdo en vivo.

Hablemos primero de cómo muestra la serie el papel de los políticos en el ocultamiento de informaciones incómodas: aquí se ve cómo, en un ejercicio de cinismo, se trata de borrar un vídeo que el pueblo británico debe conocer para exigirle a su dirigente una correcta actuación. Este procedimiento no es muy distinto al de unos políticos españoles que, en uno u otro partido, tratan de poner puertas al campo y ocultar la realidad, negándose a adaptarse a un mundo en el que la información acabará saliendo a la luz tarde o temprano. Recientemente, en Estados Unidos hemos tenido un caso vergonzoso con poca repercusión mediática: el manager del famoso correo de Hillary Clinton, Paul Combetta, pidió ayuda en Reddit para borrar mensajes antiguos. Lo que Combetta no sabía, y lo que este Primer Ministro tendrá que aprender por las malas, es que el rastro electrónico no se puede borrar: la privacidad es cosa del pasado.

El Himno Nacional

En segundo lugar, el papel de los medios también se critica: estos hacen caso omiso a una realidad que todo el mundo conoce gracias a su difusión en la red y se dedican a hablar de noticias sin importancia hasta que dicha realidad se vuelve demasiado escandalosa para evitarla. Incluso cuando acaban publicando la información, se dejan influir por el gobierno y utilizan eufemismos para tapar la realidad. Este esfuerzo se vuelve más ridículo cuando cualquier persona con acceso a Internet puede dejarlos en ridículo. Tampoco nos resulta extraña la situación en la que un medio se tenga que disculpar por haber publicado una información incompleta o tendenciosa que una simple búsqueda en Google puede desmontar.

Por último, se critica el comportamiento de los usuarios de las redes sociales, y es aquí cuando comienza una denuncia que quizás no nos sea tan cómoda. Aquí se habla de nosotros. De los que son capaces de bromear con una ejecución cuando la ven en Internet, de los que se burlan del sufrimiento de alguien que hace lo que debe, de la influencia que puede tener un chiste en las redes sociales sobre la política de un país que debería guiarse por unas votaciones frecuentes y un debate razonado. En definitiva, de la trivialización de la política que mencionaba en la introducción: algo tan vital como la vida de una persona se convierte en un meme de Internet, y la gente empieza a olvidar su valor real. Lo mismo ha sucedido con la corrupción, la Sanidad o las pensiones. Por eso no deberíamos obviar la reflexión que se hace en la serie.

15 millones de méritos

 

Este episodio reflexiona sobre dos temas en principio opuestos pero, como veremos, muy relacionados entre sí: el aislamiento y el sedentarismo provocados por la adicción a la tecnología y lo expuesta que se encuentra nuestra vida cuando lo utilizamos, a veces por culpa ajena pero muchas veces por nuestra propia responsabilidad. Este capítulo cuenta la historia de un mundo en el que los humanos viven recluidos en pequeños compartimentos con pantallas a través de la que se comunican con sus semejantes. En esta sociedad, el programa de talentos Hot Shots es de los más populares, por lo que la empobrecida población aspira a formar parte de él. El protagonista ayuda a una chica que ha conocido en el gimnasio a cumplir su sueño, pero ambos descubrirán lo que esto implica.

En esta sociedad, gran parte de la población solo puede aspirar a pedalear toda su vida para producir energía. Uno pensaría que esa gente estaría disgustada con su existencia y querría cambiarla, pero un constante bombardeo mediático de programas de baja calidad les mantiene en el asiento. Además, esta telebasura les da una imagen del mundo en el que viven demasiado alejada de la realidad: les hace creer en una falsa posibilidad de ascenso social, en que viven realmente en una meritocracia. Quizás por eso algunos de estos individuos, representados por un unidimensional personaje al que todo espectador odiará, tratan con desdén a los trabajadores que se encuentran en un escalafón social más bajo todavía, y por eso algunos se esfuerzan constantemente en alcanzar la fama sabiendo que van a fracasar. Incluso los que la encuentran acaban descubriendo que no son más que entretenimiento barato para millones de personas con las que no tienen ningún nexo, aunque se las crucen en el trabajo todos los días. ¿De qué les ha servido acumular esos “méritos”? De nada porque, como hemos dicho, no viven en una meritocracia, sino en una plutocracia que solo valora la estupidez.

15 millones de méritos

En esta sociedad todo es frenético, todo entretenimiento debe ser rápido y fácilmente asequible. Quizás por eso los repulsivos programas en los que se obliga a gente obesa a comer y la pornografía cada vez más deshumanizada sean los métodos de entretenimiento más extendidos: como en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, el complejo entramado de medios e intereses no permitiría un producto más reflexivo o, en caso de que lo hiciera, este producto sería relegado a un espacio menor o directamente ignorado por el público. Aunque un programa de crítica social nos pueda ser útil para sentirnos superiores a nuestros semejantes cuando lo vemos, no queremos que nos acompañe en la cama. Para poder dormir, preferimos ver algún vídeo divertido en Internet o poner un poco de música relajante que nos impida caer en el vicio de interrumpir nuestros sueños pensando en todas las cosas que están mal en el mundo. Yo mismo voy a hacerlo después de haber visto este episodio.

Tu historia completa

 

Este capítulo abandona la crítica sociopolítica y se centra en temas más domésticos, en cómo la tecnología puede destrozar una vida y en cómo la información que recibimos a través de Internet puede ser demasiado demoledora para nosotros. La historia nos muestra un futuro cercano en que unos dispositivos oculares han sustituido a los teléfonos móviles, y el ser humano puede recoger y grabar toda la información que se muestra ante él, borrarla o rememorarla de forma exacta a como la recibió en primer momento. La propia sinopsis nos lo anticipa: ¿es esto algo bueno?

Esta pregunta es la que verá respondida Liam, un abogado con una vida plena y sin preocupaciones que empezará a sospechar que su mujer está teniendo una aventura. Hace unos pocos años tendría que haberse conformado con tragarse sus sospechas o con haber preguntado a algún amigo, pero ahora todo está documentado. Los actos embarazosos o incluso ilegales de una persona pueden ser objeto de escrutinio por parte de una pareja celosa, y quién sabe si del proveedor de Internet.

La posibilidad de comprobar sus sospechas conduce a Liam a un estado cada vez más paranoico en el que trata de evitar esa medida pero acaba tomándola. Su mujer, por su parte, sabe que no puede ocultar nada de su pasado, y también sufre por ello.

Tu historia completa

En definitiva, esta historia nos hace reflexionar sobre cómo este control sobre nuestras vidas y esta falta de privacidad no beneficia a ninguna de las partes. En el ámbito privado tenemos a parejas cuyos miembros espían los móviles del otro, algo que se muestra perfectamente en este episodio y que comprobamos que puede llegar a ser completamente nocivo. Pero en el ámbito público este ataque a la privacidad es más aterrador si cabe: hace poco Edward Snowden, condenado por los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, reveló que la Agencia Nacional de Seguridad de su gobierno recogía sistemáticamente datos de sus ciudadanos, algo facilitado por una Ley Patriota que el Partido Demócrata no ha derogado. En un mundo cada vez más interconectado y con la excusa del terrorismo internacional, cabe preguntarnos hasta qué punto gobiernos y empresas comercian con nuestra información y cuántas cosas saben sobre nosotros.

Con estos datos, ¿cómo no vamos a sospechar que estos avances tecnológicos (con las indudables ventajas que también tienen) se han acabado convirtiendo en un método de control? Como vemos, su mero funcionamiento puede convertir a una persona a la que queremos en una amenaza o a ese gobierno que debería velar por nuestra seguridad en un ente que considera toda disidencia una muestra de terrorismo potencial.

No es de extrañar, por tanto, el escepticismo de algunas personas como la chica que aparece en la cena, o el desgarrador final de este brillante capítulo. En cierto modo, estas innovaciones sacan lo peor de algo que ya tenemos, pero quizás sea inevitable que esto salga a la luz al utilizarlas.

Una breve conclusión antes de tratar la segunda temporada. Al menos en sus inicios, Black Mirror resulta una serie excelente que cuenta unas historias con relevancia por sí mismas que además reflejan un problema real que cada vez afecta a más gente: las consecuencias negativas de las nuevas tecnologías. Es un producto interesantísimo que debería hacernos reflexionar sobre el mal uso que hacemos de ellas. No puedo esperar a comentarlo en Facebook.

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