— ¡Bingo! —era una frase de alegría muy común dentro del grupo cuando se escuchaba el elegido del año.

  Y en esta oportunidad Felipe sintió nuevamente una tremenda satisfacción interior por no haber sido el favorecido. Tampoco este año.

  Un lustro ya había pasado, pero no olvidaba el día del accidente; cuando en la ambulancia colocaron a su lado aquel cuerpo destrozado y sin vida. Tampoco podía borrar de su mente la frase de uno de los paramédicos:

—El brazo y este pedazo pierna son del que aún sigue vivo, márcalos —eso fue mientras entraba en el hospital e inmediatamente después se anuló por completo su cerebro.

  Pasado un período y a mucho ruego de los «otros», accedió a integrar el grupo. Pero nunca le hablaron de esas «elecciones anuales».

  Su brazo y su pierna se perdieron en el tropel de la llegada al hospital. Por eso tuvo que adaptarse a no tenerlos.

  Al poco tiempo, cuando notó que un dedo del pie se le desprendía buscó ayuda y la respuesta fue clara:

—Ira ocurriendo poco a poco, así es aquí.

—Pero…

—Es así Felipe, no se puede hacer nada.

  Felipe intentaba, por sus medios, colocarse el último dedo de la mano cuando le avisaron para las «elecciones» de ese año; ya había perdido la mitad del otro pie. Las muletas se le introducían en los sobacos, provocándole una tremenda molestia. Pero no existía excusa, la asistencia era obligatoria, porque así lo aceptó al firmar el contrato.

  Era una especie de lotería, a cada uno se le entregaba un número, variable cada año. Y de una ruleta se sacaba el ganador.

¡Noventa!

  No se escuchó el bingo acostumbrado: era el número de Felipe.

  Ahora tenía tres días para subir hasta el mundo de los vivos y regresar con alguien. Una exigencia del «juego» era que debía faltarle una mano, o una pierna; como a él, cuando fue enterrado.

  ¿Cómo hacerlo? No había reglas.

  Todo el primer día lo empleó Felipe en colocarse el ojo que le faltaba, intentando ocultar los huesos del pecho con barro, también se pegó un poco de pelo que le «prestó» una joven fallecida apenas dos meses atrás, además consiguió una prótesis dental que le encajó muy bien, arriba y abajo. La carne podrida de los sobacos le preocupaba, pero intentaría disimularla con las muletas.

  Eso el primer día; le quedaban dos.

  Iba por una calle bien desierta, quizás encontrara algún alcohólico depravado y resolvería el problema, pero no aparecía.

  Entonces decidió cubrirse con la capa lo que quedaba del rostro y tocó en una casa.

  Un chico, en un sillón de ruedas, abrió la puerta. Y lo interrogaba con la miraba.

  (¡¿Por qué me pasa esto?!), pensó.

— ¿Quién es Felipe? —preguntó una mujer que se acercaba con dificultad, apoyada en un par de muletas y en su única pierna.

  ¡Era Gimena! Y tenía delante a su hijo. En un instante recordó que cuando iban en el carro, segundos antes de estrellarse contra aquel maldito camión, ella le habló del niño que venía en camino.

 

—Haber traído dos unidades no te libera para nada de las próximas «elecciones» —le aclararon cuando regresó.

  Pero su alegría, no le permitió escuchar la acotación.     

En su casa

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