La última semana de marzo visité el negocio de mi amigo Frank. Cuando tenemos tiempo compartimos horas charlando de cuestiones de fe, mujeres, etc. A veces, mientras trabaja en su PC, miro el canal “Retro” (¡hay viejas que me gustan!). Ese día, llegaron dos personas a su local. Con desánimo –como siempre- estiré la mano para el protocolo ¡No me gusta darle la mano a gente desconocida!

 

Uno de ellos, descubriéndome, ni se molestó en mirarme a los ojos... ¡Era justo el que llegaba tarde a una cita!

 

-¡Caramba! El pastor Eduardo estuvo esperándolo toda la mañana.

-¡Caray! –dijo el extraño, acicalándose la corbata- ¿Cuando vuelve?

-¡Ni idea! –respondió Franklin- Es posible que haya salido con el pastor de una iglesia vecina.

 

No quise poner atención. Me gusta ver “Bonanza” o la retahíla de cosas viejas que me recuerdan mejores cosas.

 

Pasaron unos minutos. El pastor tardío y un hermano de la fe –motorizado- trababan amistad y conversaban para largo. Franklin en su PC, frente al lugar donde yo miraba la T.V.

 

-¡Déjeme explicarle, hermano! –acotó interesado el pastor de la corbata- Cierta mujer comerciante le decía a un hombre interesado en comprar su mercancía: “Esto vale 50.000 Bs, pero –si regateas un poco- quizá te lo deje en 45.000 Bs...”  El hombre, dispuesto a quedarse con lo que se proponía comprar, metió la mano en su billetera y comenzó a contar el dinero. “¡Tenga! ¡Aquí tiene sus 45 mil!” –le dijo a la dama-. Ella, por su parte, replicó: “¡No! ¡Lo siento! ¡Faltan 5 mil!”. “¡Cómo? ¿No dijiste que me la dejarías en 45 mil? –Inquirió el caballero, algo molesto o confundido. “¡Sí! ¡Eso  le dije! –apuntó la mujer- pero la condición era “REGATEAR” y ¡la verdad! Ud. No ha regateado. Simplemente sacó su dinero y me lo ofrece... El hombre de este cuento –prosiguió el ciudadano de la corbata- se indispuso un poco, pero la mujer fue clara y firme... ¡Así es Dios! ¡HAY QUE REGATEARLE!

Poco antes de que ese pastor terminara de narrar la historia, el interlocutor y Frank ya le miraban absortos cerca del escritorio.

 

-¡Franklin! ¡Franklin! –interpuse- ¡Préstame cinco mil Bs!

 

Franklin me miró a los ojos. Quiso saber si era verdadera mi petición...

 

-¡Apúrate! ¡Apúrate! –le insistí- ¡Préstame cinco mil!.

 

Cuando estuvo a punto de mover su brazo para sacar el dinero del cajón ¡rápidamente! le hice un guiño de señas para que  me comprendiera; en tanto, el dúo se retiraba de su mesa, con su charla.

 

-¿Qué opinas, Frank? ¡Crees que a Dios debamos regatearle? –haciendo una pausa, para que me adivinara- Yo te pedí 5.000 Bs y faltó poco para que los sacaras de tu registradora. ¿Cierto? Tú me conoces y ¡ni preguntaste qué pensaba hacer con el dinero! ¿Me regatearías, si fueras Dios? ¿Pondrías excusas o pretextos TENIÉNDOLOS EN TU BOLSILLO?

-¡Entiendo, Antonio! Si no los tuviera...

-¡pero un pastor dice que Dios REGATEA! ¿ES TACAÑO? ¿Es vil o miserable como nosotros?

-¡No lo creo!

-Mi punto, Frank: Tú eres mi amigo ¡Me conoces! ¿Me conocerá Dios? ¡Cómo va a regatearme Dios con lo que le pido? Si tú no tuvieras esa cantidad, si carecieras de ganas o te faltara confianza conmigo, ¡con mirarte yo lo sabría! ¿Nos manipula Dios? ¿Comercia Dios con nuestras necesidades y oraciones? ¡Dios no escatima nada! Cuando da ¡Da! (cuando quita ¡quita!) ¿Qué puede ahorrarse con sus dádivas? ¡Posee el universo! (menos ciertas almas...).

-¡Así es! ¡Te entiendo, Antonio!

-¡Dios no regatea! ¡Dios no es tacaño!

 

Quise pedirle que no me presentara con sus amistades o clientes, pero no puedo ser tan antisocial...

 

-Puede que se haga el pendejo. Puede que se haga “el que no oye”, pero, por la economía de sus planes –Su Soberanía- pospone (o descarta) muchas oraciones y solicitudes. ¡No me digan que regatea!

 

Puede que ese hombre de la corbata nunca sepa mi opinión ¿Qué importa? (no le presté atención por media hora) ¡Ni escuché su nombre! Pero, lejos de amistarme con personas que enseñen sus opiniones –como verdades- ¡Lejos esté mi nombre!... Cada ser debe llegar a esas verdades que cambien sus vidas. Entre tanto, cada uno, puede disfrutar de Su benevolencia, Su tolerancia o actitud “favorable”. Es inconmensurable la forma en que empequeñecemos a Dios para “poderlo” entender.

 

A.T.

 

1/4/2008

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