Muchos de ustedes se habrán preguntado –y estoy segura que no muy pocas veces- ¿Por qué esta mujer tiene tanto interés en que la gente se acerque al libro, lo descubra, disfrute, hasta hacerlo parte de las rutinas diarias como comer y dormir? ¿Por qué quiere que todo el mundo: maestros y por tanto padres, padres y por tanto maestros, entes gubernamentales, niños, jóvenes, estudiantes de todos los niveles y público en general, se conviertan en asiduos lectores y hagan de los libros una parte vital de sus vidas? Pues bien, entre las muchas razones que me motivan a esta lucha –que a ratos parece perdida por cierto- es porque el acto de leer es -de manera indiscutible- “liberador” (ya sé, la frase está trillada pero es cierta), por cuanto permite que el individuo pueda alejarse de manera figurada de donde está sentado y se pasee por sitios inimaginados; descubra y construya saberes. Además, leer garantiza, de acuerdo a los especialistas, la ampliación del vocabulario lo que es de suma importancia para nuestro enriquecimiento personal y profesional. Por si fuera poco, disminuye las posibilidades de padecer enfermedades degenerativas como el Alzheimer. También contribuye a disminuir los errores ortográficos que suelen cometerse cuando se escribe, pues, está más que sabido que quien es buen lector tiene mayores posibilidades de ser buen escritor (no lo digo yo, sino quienes saben sobre este tema: Paula Carlino por ejemplo). El desarrollo de los pueblos va en consonancia a su capacidad lectora, pues la transmisión de los avances científicos y tecnológicos no puede hacerse sólo desde la oralidad, (sería entre otras cosas un retroceso feroz, ¿No creen?) es necesario el acceso al saber escrito, a la lectura. Por otro lado, esta última fomenta la autonomía del individuo ya que lo dota de herramientas que le permiten asumir con mayor propiedad su realidad, su entorno (si no pensemos en el periódico o las revistas especializadas; o en la importancia que otorga la escuela a los procesos de lectura y escritura). De igual forma, convierte al lector en un ser pensante que no se conforma con las razones dadas a priori, sino que anda cuestionándose todo para tomar las mejores decisiones. Quien tiene el hábito de lectura posee –como diría Echeto en su columna- ganada la batalla en este mundo lleno de inequidades. Me pregunto yo ahora: ¿Hacen falta más motivos para empezar a convertirnos en verdaderos lectores? ¡Buena pregunta!

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