Se dice que el viento del sur saca locos a la calle. Cuando este aire castiga la tierra, la gente trastorna sus voluntades y se deja dominar por instintos más violentos. Se salta a la primera y se responde con vehemencia y mala leche. Las parejas discuten y por nada se rompen amistades. El ánimo está permanentemente alterado y el tranquilo se torna nervioso y respondón. Incluso aquél al que se le supone moderado y apaciguador acaba perdiendo los papeles.

Pienso yo que si el dios Eolo mantuviera una temporadita la dirección del aire, una vez controlados todos los brotes irracionales propios de la locura transitoria, el inconformismo y las ganas de pelear se instalarían en todos nosotros y nos pondríamos de una vez por todas en movimiento. Son tantas las tomaduras de pelo, los embustes e incongruencias y los abusos descontrolados e incontrolables con que nos deleitan los astutos y taimados profesionales de la política, que unas cuantas ráfagas de aire sureño nos vendrían muy bien. Quizás de esta forma les pararíamos los pies a estos espabilados gestores y les pondríamos a la primera en su sitio (en la puñetera calle) dejándoles muy clarito que no les queremos con nosotros. Para luchar no son necesarios estos mercenarios del poder. Lo que es imprescindible es que caminemos juntos y nos desprendamos de todos los que vienen a medrar, de todos estos vividores ineptos e incapaces que están destruyendo nuestro presente, anulando cualquier posibilidad de futuro.

Esto, más que opinión, es sugerencia. ¿Por qué no salimos a la calle, inspiramos todo el aire que podamos y nos dejamos llevar por su fuerza? Luego, que nos llamen locos. Si por protestar, si por negarnos a ser pisoteados, si por oponernos a aquellos a los que sólo debemos la ruina, nos llaman así, bienvenida y bienhallada sea esta locura. Yo, particularmente, prefiero perder la cordura antes que la dignidad.

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