Pluma y papel

El bendito escalón ha cambiado mi vida

Dice el sabio proverbio español: «Las prisas nunca son buenas» y, aunque siempre lo tenemos clavado en nuestra memoria, el ritmo de vida actual hace que nos olvidemos de él.

Corría hacia mi trabajo como siempre, no sé cómo me las arreglo para que el tiempo pase tan rápido a pesar de levantarme muy temprano. Con mi cartera y mis gafas de sol, sólo pensaba en la hora. Un cliente importante me esperaba y no podía llegar tarde. Sin prestar atención a nada ni a nadie, iba tan acelerada que no me percaté del maldito escalón que todos los días subía sin problemas para llegar a mi despacho.

La pirueta que realicé, para intentar no caerme, provocó las carcajadas de todos los presentes menos las de un caballero desconocido que me sujetó, como si fuera mi ángel de la guarda, con una calidez que no había experimentado hasta ese momento. Le di las gracias sonrojada pidiéndole disculpas por el espectáculo que había organizado, pero al intentar caminar, en mi rostro apareció una tenue mueca de dolor que no pasó desapercibida por el misterioso caballero. Se ofreció a acompañarme para evitar otro incidente y cogida de su brazo llegamos hasta la mesa de Lucía, mi secretaria. Volví a darle las gracias y, después de hacerme como un acto de reverencia, inclinando la cabeza, se sentó en uno de los sofás de la sala de espera.

Llegué a tiempo, mi cliente no había llegado y cuando tuve todo dispuesto, le comuniqué a Lucía por el interfono, que ya podía pasar si estaba esperando.

Cuando se abrió la puerta y apareció D. Rodrigo Villates de Lausanne, me quedé atónita, era mi caballero salvador a quien todavía no me había presentado. No quiero imaginar la cara que puse, porque entonces sí que D. Rodrigo estalló en carcajadas ante mi desconcierto.

Hablamos del asunto profesional pendiente, tuvimos varias entrevistas quedando en diferentes lugares y, poco a poco, fuimos conociéndonos hasta iniciar una preciosa relación que dura hasta hoy. Mi esposo Rodrigo y yo no podemos olvidar la forma en que nos conocimos y siempre reímos cuando vemos un «bendito escalón».

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