La belleza primero.

¿Hasta donde somos capaces de llegar por vanidad? Muchos hasta la muerte, especialmente muchas. La sociedad ha llegado a tal culto de la belleza que poniendo como ídolos artistas de cine y modelos anoréxicas someten su cuerpo a los más descabellados regímenes dietéticos y cirugías riesgosas para alcanzar el estándar soñado. No importa la edad, van desde adolescentes casi niñas hasta mujeres de la tercera edad que quieren desafiar a toda costa la gravedad y el paso de los años.

A diario es noticia una cirugía fallida que deja a la (o el) aspirante a Barbie con secuelas físicas y psicológicas, incluso neurológicas, casi siempre irreversibles, sin contar la enorme cifra en gastos médicos y de terapias. No es malo hacer un retoque, elevar un poco la autoestima y sentirse bien consigo mismo cuando un defecto físico ha provocado dificultades por años en el ámbito social o personal. Pero cuando vamos más allá de un retoque y queremos hacer un cuerpo o cara nuevos a costa de cirugías ya tenemos un problema. Muchas personas no desean ser diferentes, sin saber que a veces la peculiaridad es mucho más bella que ser del montón. Que aquello que te hace único muchas veces te hace bello a los ojos de los demás.

El culto a la belleza es una tendencia en ascenso. No sé hasta dónde seremos capaces de llegar, viendo mujeres con caras estiradas con más aspecto de momias que de princesas de Disney y manos que delatan en su piel la falsedad cronológica, sumado a mamas y glúteos como balones de playa que exigen cada día tallas más grandes de ropa interior, me pregunto hacia dónde vamos. Espero que esto se detenga de algún modo y la sociedad sea capaz de admirar con más pasión a un ganador de un Nobel de ciencias que un ganador de un concurso de belleza, que importen más las neuronas que las calorías. O quizás ya es demasiado tarde y vamos rumbo a ser cada día más bellos y tontos.

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