Basura y Cultura

Una definición ligera pero no exenta de sabiduría nos enseña que la cultura es todo lo que nos queda después de haberlo olvidado todo; los cursos, los datos, la educación que recibimos. Analógicamente podríamos decir que la basura es todo lo que nos queda después de haberlo consumido todo.

Destinos paralelos, así, los de la cultura y la basura. Y en rigor, la basura es tal vez uno de los mejores indicios de nuestra cultura.

Ciertos historiadores han descubierto una forma original de rastear el pasado de diferentes pueblos y culturas; de encontrar testimonios de sus usos y costumbres, de descubrir lo que esos seres humanos comían, cómo se vestían, que utensilios usaban. Tan fructífera ha sido esa vía de conocimiento que ha dado lugar a toda una nueva rama de la antropología y la historia: la basurología.

Todas las culturas han tenido, en mayor o menor medida, sus basureros, que en general son hoyas de unos pocos metros de profundidad y otros tantos metros de diámetro o montículos de aproximadamente las mismas dimensiones.

¿Qué tiraban los hombres de las viejas culturas (en rigor, de todas las sociedades hasta mediados del siglo XX)? Casi nada, una cerámica rota, un utensilio ya inservible por su desgaste. Los restos de comida iban a los animales o al suelo, los de ropa se reutilizaban, se remendaban o se retejían; los mobiliarios y herramientas se recomponían una y otra vez, o se hacía leña, y así con todo.

Pero desde mediados del siglo XX, la situación ha cambiado radicalmente. Si bien a lo largo de todo el desarrollo industrial la acumulación de basura reconoció un ritmo sin precedentes, fue en los últimos sesenta años que la misma se aceleró; más aún con el desarrollo en la utilización de los plásticos;  rompiendo todos los criterios de manejo de la cuestión. Un mero punto de referencia: mientras un habitante sueco generaba en la década de los cincuenta unos 70 gramos de basura domiciliaria diaria, en la de los noventa el mismo habitante rondaba los 900 gramos.

La basura domiciliaria, que se denomina desechos sólidos municipales, es solo una parte bien exigua del total de residuos que produce una sociedad. Para un país industrializado, la basura doméstica que acabamos de señalar no es sino un 4 % del total de desechos generados (que incluye residuos industrales y orgánicos,  escombros, automotores fuera de uso, residuos mineros, etc.) Dado el peso de los desechos industriales, podemos inferir que en sociedades como las latinoamericanas, por tener menor desarrollo industrial, el peso relativo de los desechos domiciliarios ocupa bastante más de el 4% de los países industrializados.

Breve repaso de algunos intentos de solución al problema

Cuando las viejas hoyas milenarias parecieron insuficientes, una de las primeras soluciones fue la quema al aire libre, es decir, la quema de basura sin otra finalidad que la de reducir la montaña de desperdicios (en general, la quema reduce los volúmenes a un tercio, convertidos en ceniza). Cuando la basura empezó a presentar más productos sintéticos y plásticos, la quema fue haciendo irrespirable el aire con los gases de combustión. Surgió así la idea de perfeccionar las viejas hoyas, y esos son los criterios dominantes de los repositorios que se hicieron en algunos lugares; como por ejemplo en Buenos Aires, que se describen más abajo.

Sin embargo, en algunos países europeos, la solución de depositar la basura en espacios del territorio fue desechada. Alemania, por ejemplo, ensayó la quema de desechos en enormes usinas regionales instaladas en zonas rurales con el fin de aprovechar su valor energético. Pero a mediados de los años ochenta, semejante solución fue descartada, porque pese a trodos los filtros de creciente exigencia que se habían instalado, la inevitalble toxicidad aérea producida superaba toda telerancia.

En cuanto a otra solución al problema, tenemos por ejemplo, la que se practicó en Buenos Aires; dado que se prohibió la quema domicilaira -a mediados de los años setenta, cuando el material plástico andaba entre el 2 y el 4 % total y hacía al aire irrespirable - se dispuso una solución que, irónicamente, se la llamó cinturón ecológico y consistió originariamente en enormes zanjones recubiertos de una pésima manta de polietileno. En este caso, el espacio o hueco requerido equivalía a unos 15 kms. de largo por 28 metros de ancho y unos 100 metros de profundidad. Nadie podía asegurar que la manta de polietileno habría de frenar indefinidamente el lixiviado, es decir, el líquido producido por diversos procesos físico-químicos dentro de la masa residual. Por el contrario, se cuenta con una contaminación a medio plazo de las capas subterráneas.

Hoy en día, es discutible la utilización de esta posible solución al problema de los basurales.

Que esta política se recubriese de nombres y calificativos como sanitario, ecológico y otras lindezas, no alcanzaba para ocultar la realidad; se trataba de esconder la basura bajo la alfombra paletaria.

A diferencia de nuetros antepasados, los habitantes de ciudades modernas latinoamericnas  reciclamos muy poco o prácticamente nada, salvo las consabidas y publicitadas excepciones ( un poco de vidrio, algo de papel). Aun hasta hoy, no se ha incorporado,  difundido y sobre todo extendido la práctica en las culturas latinoamericanas del reciclado como la clave para la eliminación de la contaminación.

La pregunta que hay que hacerse gira alrededor de la estructura de costos de las economías, que tienta a una empresa a usar plásitico o material descartable (y cada vea más) en lugar de materiales renovables y durables ¿Por qué esa elección le resulta más barata a las empresas? Porque hay una serie de costos, ambientales, médicos, sociales, que no quedan a cargo de los costos de la industria; mietras que a ellas les resulta mas redituable económicamente utilizar materiales plásticos o descartables.

Lamentablemente, muchas veces en estos casos, no les interesa evaluar los costos sociales y ecológicos de tales decisiones; sólo prima lo económico inmediato.

Continúa Parte II

 

Fuente consultada: Vera Donna Latinoamericana - Artículo de Luis Sabini Fernández

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