Quien tiene un amigo tiene un tesoro. Eso es lo que piensan y sienten la amplísima colección de asesores que pululan por los mentideros políticos, instalados convenientemente en sitios de responsabilidad. Los mecenas que les protegen venden la idea de que estos sujetos prestan sus conocimientos para realizar duros y comprometidos encargos, y que su oscura y poca reconocida labor apenas se ve recompensada por justos salarios que nunca alcanzan, pobrecitos míos, el valor de su aportación. Nos los ofrecen como trabajadores infatigables, que no desfallecen cuando se enfrentan a la áridas misiones que les encomiendan, entregando de sol a sol sus mentes y sus cuerpos hasta  acabar extenuados. Nos dicen que jamás sabremos cuánto les debemos…

Lo que sí sabemos es cuánto nos deben ellos a nosotros. Salvo honrosas excepciones, que siempre hay una oveja negra, son estómagos agradecidos que no dan un palo al agua, y que cobran como estrellas de fútbol. Sólo generan gastos inútiles y vacían los presupuestos de las distintas administraciones, dejando desnudos departamentos que sí que desarrollan una labor óptima. Además, el agujero negro que produce la existencia de estos elementos neutros es muy voluminoso; por allí se escapan a caudales buenas cantidades de dinero que bien podrían destinarse a usos más racionales. Sería todo un gesto que estos señores engrosaran las listas del paro. Seguro que con el dinero ahorrado en las millonadas que nos cuestan estos vampiros algo positivo se podría hacer.

 En definitiva, hay que cepillárselos antes de que sea demasiado tarde. La caída de estos haraganes podría arrastrar a más de uno, con lo que mataríamos dos pájaros de un tiro. Después, a sacar cuentas sin asustarnos.

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