Como cualquier otro padre o madre, ni más ni menos, en la primera experiencia picassesca de un hijo o hija: el sábado cumple tres años y alucina lo que ha hecho.

Papá, mira que he pintado, dice enseñándome un enorme círculo en su pizarrita. Qué bien cariño, le digo mientras coloca un punto y un garabato dentro. Ahora el pelo, papá. Jolin, pero que muy bien, y sigo con las vainas de alubia verde.

Mira papá, es una cara. Por fin centro toda mi atención en sus esbozos. Oh, así que una cara, pero sólo le veo un ojo.

Aprieta los labios con resignación, le da la vuelta a la pizarrita y me dice, pues en este lado tiene el otro ojo y la otra oreja.

Quizá no merezca la pena más atención ni mayor interés, aunque me hiciera babear. 

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