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Los árboles se cimbrean al ritmo de la brisa fresca que suele preceder a la lluvia que se inicia lenta, como perezosa, pero que de repente toma impulso para dejar en las calles grandes gotas que caen presurosas, como si quisieran llamar la atención cambiando de color el suelo de las calles. La ciudad modifica su cotidiana estampa y solamente se observan algunas siluetas que presurosas huyen para resguardarse de la fresca lluvia primaveral que presagia que los días calurosos ya están por llegar.

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Es una lluvia algo insolente que aparece en el atardecer como queriendo echar de las calles a le gente que pasea tranquila y sin prisas al terminar la jornada. Son gotas grandes que se desprende de unas nubes que cruzan raudas el cielo y que en pocos minutos lo dejan limpio y transparente solo con algún destello rojo y amarillento del sol que se oculta lentamente por el horizonte gris y anaranjado. Los atardeceres lluviosos invitan a la nostalgia, a evocar recuerdos de otros atardeceres tal vez más románticos, más apasionados tal vez...

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Solo algunos pájaros rompen el silencio con sus trinos cuando van refugiándose en las ramas semi húmedas aún al sentir que la noche está al caer. Los atardeceres primaverales tienen algo mágico, son cambiantes y cada día son diferentes y en ocasiones nos sorprenden con estas lluvias improvisadas y breves. Seguramente es para dejar testimonio que en la naturaleza nada es perenne, todo varía y se renueva al igual que nosotros que pasamos de la alegría a la tristeza o la nostalgia al recordar otros tiempos lluviosos cuando caminábamos de la mano con el ser amado que perdimos por las calles lluviosas, tal vez por causa de la excesiva juventud, la inconsciencia tal vez...

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