Más que un equipo de fútbol, el Athletic de Bilbao es un sentimiento. Un sentimiento en rojo y blanco. Bautizado por los primeros ingleses que pisaron las campas de Lamiako, avalado por las decenas de títulos conseguidos, amparado por la bella estampa del histórico San Mamés y recubierto de gloria en honor de peloteros tan afamados como Zarra o Pichichi.

No me cabe ninguna duda. Ser del Athletic es ser del mejor equipo del mundo. Con nuestra hinchada entendida y fiel. Sufridora como pocas, pero constante como ninguna cuando se trata de defender los colores de una escuadra que siente nuestro escudo como propio en cada palpitar.

La mayoría de nuestros jugadores han nacido en Vizcaya y se han criado en Lezama, rodeados del verde norteño y bañados del sirimiri que tan presente estuvo en la infancia de los que superamos la treintena. Otros no, pero son vascos de nacimiento o adopción. Tan de aquí como la mismísima Otxoa, rendidos a nuestra singularidad y agradecidos por formar parte de esta gran familia. Un caso único.

Ser del Athletic es vivir con pasión cada domingo de partido. Cada vez que los focos de la vetusta Catedral se encienden para el perdón de los pecados de miles de feligreses. Ser del Athletic es emocionarse con cada pase de los nuestros, con cada parada, con cada gol. Y recordar los años de triunfos y gabarra, las finales ganadas, la raza y el coraje de los jugadores de antaño, el ondear de las banderas a orillas del Nervión y el canto alegre del alirón.

¡Aupa leones! ¡Aupa Athletic!

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