Los sentidos suelen ser disparadores de recuerdos, pero particularmente los aromas son los que más persisten en el tiempo.

Por ejemplo no me acuerdo como era abrazar a mis abuelas sin embargo aún, al entrar en algunos restaurantes pude reconocer el olor a salsa para los fideos que impregnaba la cocina de mi abuela los domingos al mediodía y muy distinto al aroma del tuco que mi otra abuela preparaba para los estofados los sábados al medio día cuando no había asado.

Otro ejemplo son también impregnados son las milanesas de mi vieja o el olor al cemento fresco de las obras en construcción que me retraen a las tardes en las que mi viejo me llevaba a su a su trabajo, tal vez intentando contagiarme un poco de su amor por los cables y las lamparas.

Pero en plaza Francia, donde los aromás dulces del azúcar derretida en garrapiñadas y pirulines se mezclan con el dulzón olor a porro, sahumerios y velas con tabaco, esencias y carbones, no solo me retrae al principio de mi adolescencia hace más de diez años atrás sino a la adolescencia de muchos otros que yo ya conocí de grandes y por sus discos.

Es que al sentarse uno en el pasto de plaza Francia se imagina que ahí, en el mismo anfiteatro que forma la barranca que da a Figueroa Alcorta, pudo haber compartido unos mates u otras yerbas con Miguel Abuelo, Tango, Charly García o Nito.

La conjunción de aromás en plaza Francia hace sentir que allí el tiempo no ha pasado.

Lo que es realmente extraño es que de algún modo no sucede lo mismo en los bares y restaurantes de la zona, uno puede pasar por la puerta, incluso sentarse y comer algo, estar allí un buen rato, que no va a sentir el olor a comida casera que le recuerde a uno su niñez ni aromás con los cuales uno pueda sentirse cerca del ruso Sofovich y sus secuaces cultores de “La Biela”. Por el contrario en todos se siente más o menos el mismo olor: consumo, indiferencia, frivolidad.

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