Me gusta enseñar porque es la mejor manera de aprender.

Es verdad que uno a veces cree y piensa que se la pasa enseñando todo el día y en todas las clases que da en la escuela. Pero la realidad es que no siempre es así. No sólo porque los chicos adolescentes se distraen, porque no les interesa la materia, porque no saben ni para qué ni por qué van a la escuela y otras razones. Sino porque uno también debe estar en actitud de alerta para aprender: códigos, temas, formas, palabras de moda y de onda, etc.

Los adolescentes también nos enseñan. Especialmente en todo lo que tiene que ver con los afectos y las relaciones personales. Nos enseñan como demostrar afecto. Y mucho...

Estaba en mi clase de escuela secundaria, enseñando. Golpean la puerta y aparecen tres chicos y dos chicas. Todos alumnos de otros cursos del mismo colegio.

-Profesor, venimos a traerle una porción de torta.

Su consejero de curso había cumplido años y festejaron con torta y todo. Cuando los chicos quieren, quieren bien. Nosotros somos los sospechosos y los sospechados. Sobró alguna porción y estaban repartiéndola entre los otros profesores.

-¡Eh…!

-¡Lo quieren sobornar!

-O envenenar...

Las opiniones estaban divididas. Pero sólo entre los de la clase. Los de afuera, los que llamaron con la torta en mano, la tenían clara:

-No... no nos interprete mal. Le trajimos una porción porque lo queremos. No les haga caso... –dijeron mientras me extendían una porción sobre una servilleta de papel.

-Está bien –dije. No hay problema. Entiendo perfectamente y les agradezco haberme tenido en cuenta. Guardo la porción para después de la clase. Muchas gracias –y apoye la porción cuidadosamente sobre el escritorio.

Mientras se retiraban, noté que una de las chicas, específicamente la portadora de la bandeja con las porciones había cambiado la expresión de su cara.

Se despidieron de buenas maneras y con el abucheo de los envidiosos. Agradecí nuevamente pero no pude contener la curiosidad y le pregunté a la que me entregó la torta si le pasaba algo. Los demás ya estaban caminando rumbo a otro curso para proseguir su tarea solidaria. Pero esta chica se quedó, dudando si debía o no responder a mi pregunta.

-¿Pasa algo? –Insistí.

-No. Nada más que contestó mal.

-¿Cómo mal? ¿Qué dije?

-Nada... nada. No importa... –y se iba. Me dejó ahí parado y ella se iba enojada. Y encima, más interesada en alejarse de mi incomprensión que en seguir la huella de sus compañeros que seguían repartiendo porciones de torta. Así que, dejé el aula, apuré el paso, la detuve y le volví a decir.

-¿Cómo que conteste mal? ¿Escuchaste que les agradecí por la torta? El agradecimiento también te incluye a vos –me había quedado en la anécdota. Pero ella no:

-No es eso. Nosotros le dijimos que le trajimos la torta porque lo queremos.

-Ah... Si claro... –me empecé a dar cuenta de la cuestión... pero mal, porque agregué:

-Bueno... les agradezco... También por eso.

-¿No ve? No entiende nada… –y otra vez: pega media vuelta y se me iba.

-No, no te vayas. No entiendo. ¿Qué dije de malo?

-Usted debería haber dicho: “Yo también los quiero”.

Tenía razón.

Angel Magnífico

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