Los tiempos del APOCALIPSIS han llegado finalmente bajo la forma de Apocalipsis Económico y en verdad tanto la Victoria como la Guerra, el Hambre como la Muerte, están en nuestros tiempos estrechamente ligadas a la abundancia de capital o a la ausencia de éste.

Mientras los autonombrados “reyes” de la economía mundial continúan apoltronados en sus lujosos tronos exprimiendo las exangües neuronas de sus serviles vasallos para pergeñar nuevos parches que ayuden a taponar las vías de agua del titánico despropósito en el que se ha convertido el sistema capitalista, éste se precipita lentamente hacia el abismo, ahogado en su propia naturaleza depredadora, víctima de una trampa tendida por la ambición desmedida de sus propios idólatras.

Un modelo económico que ha demostrado de manera patente en los últimos dos lustros su lentitud de respuesta e incapacidad de reacción ante los graves problemas planteados; que sigue aferrándose a las fórmulas del enriquecimiento rápido y la especulación salvaje, resistiéndose a moderar siquiera un ápice sus agresivos postulados, cegado por la usura y abocado sin remisión a un desastre de proporciones mayúsculas.

Alzado a los altares por sus fieles paganos, el vil metal encarnó perfectamente durante décadas el fin que justificaba cualquier medio. En su nombre se cometieron los delitos más abominables y los abusos más indignos mientras que, su cada vez más injusta distribución, ensanchó todavía más la brecha existente entre el Primer y el Tercer Mundo.

Gravemente quebrado el equilibrio económico mundial tras la celebrada desaparición de los últimos regímenes comunistas en Europa, la forma más salvaje del otrora vanagloriado CAPITALISMO se ha expandido sin freno a lo largo y ancho del Viejo Continente, mostrando su faz más despiadada y carente de moral.

Como resultado de ello, los casos de corrupción han ido salpicando a los estratos más distinguidos de la sociedad, desde políticos y magistrados, pasando por banqueros y alcanzando incluso a miembros de la realeza europea y de la jerarquía eclesiástica, como ejemplos palpables de la perversión que el sistema escondía en sus principios.

Lejos de la organización racional del trabajo, el dinero y la producción que anunciaba en sus primigenios postulados, el capitalismo ha acabado promoviendo una anárquica e injusta distribución del dinero, lo que ha provocado un grave desequilibrio que ha afectado negativamente a la oferta de trabajo al mismo tiempo que la producción se ha visto reducida drásticamente.

Aquellas generaciones de jóvenes menos afortunadas en el arbitrario reparto de la riqueza, ahora desorientadas, sin perspectiva alguna de futuro, auténticos parias en su propia patria, se agrupan de manera esporádica en asociaciones heterogéneas que claman tímidamente por un cambio en las reglas de juego de la sociedad, en un débil intento de mantener un pulso desigual con el poder establecido. Un sincero aunque ingenuo esfuerzo que ha quedado enseguida reducido a un deshilachado retazo del sentimiento romántico que lograra alumbrar revoluciones sociales pretéritas.

Atrás quedó la reivindicación de una remuneración justa y digna por la formación, experiencia y esfuerzo personales. Muchos de los derechos legalmente obtenidos por la población trabajadora a lo largo de incontables años, se han perdido por el camino con la ignominiosa complacencia de las formaciones sindicales, víctimas voluntarias del chantaje del poder político, abandonando a su suerte a millones de personas, atrapadas en las abultadas e interminables listas de desalmados acreedores que no dudan en desahuciar indiscriminadamente a miles de ciudadanos sin recursos, ancianos o enfermos.

Mientras tanto, los amos del dinero, auténticos señores feudales de nuevo cuño, que aglutinan el excedente productivo de los trabajadores e imponen draconianas condiciones a cambio de la “protección” del mismo, se revelan como avezados usureros y abandonan impunes sus cargos directivos en las entidades financieras tras haber esquilmado éstas después de una pésima gestión por la que jamás pagarán tributo alguno, ni económico, ni penal, ni moral y cuya restauración corresponde ahora, de manera insólita, al conjunto de la sociedad y de los miles de trabajadores estafados por ellos bajo la forma de inyecciones de capital del Estado.

Aún peor, el capitalismo ha terminado por emponzoñar el alma humana, como Jesús de Nazaret ya vislumbrara del modo en que San Juan lo relató en su Evangelio: “Jesús subió a Jerusalén y halló en el templo vendedores (…) y cambistas. Hizo un azote de cuerdas y los echó a todos del templo, (…) tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y dijo (…): Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. Es ésta sin duda la mayor de las perversiones de un sistema económico tremendamente dañino y enormemente injusto: la corrupción del espíritu del hombre.

Desde todos los países desarrollados del mundo se recibe cada vez con mayor claridad y urgencia el mensaje de la necesidad de un CAMBIO en la estructura económica que afecta al modo en que se genera la riqueza y la manera en que ésta se distribuye y se invierte.

Urge por ello la instauración inmediata de un nuevo código ético avalado por un nuevo sistema de vigilancia financiera independiente investido de la potestad de auditar periódicamente las cuentas de las entidades financieras y de la capacidad de penalizar la mala praxis de los responsables financieros con las más duras sanciones.

Urge la implantación inminente de un sistema de custodia de los intereses económicos de los ciudadanos que, en un ejercicio de transparencia inédito, monitorice el destino de cada partida del presupuesto económico de cada entidad financiera e incluso de cada ministerio del gobierno de la nación y de cada administración, diputación, comunidad autónoma y ayuntamiento.

Urge el establecimiento urgente de un nuevo modelo de retribución de cargos públicos y políticos en función del grado de sus responsabilidades y de la consecución de objetivos, que no deje de revisar además los privilegios vitalicios que tanta discusión generan entre la población.

Solamente a través de la adopción, aplicación y ampliación de medidas similares a éstas tanto en la estructura como en el modelo de funcionamiento del Estado, será capaz la Sociedad de recuperar la confianza en el sistema, sus instituciones, sus gobernantes y en sí misma.

Capitalismo salvaje

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