No soy del grupo de personas quienes parecen desprenderse fácilmente de ciertos apegos. Hay querencias emocionales y físicas, que no son fáciles de abandonar por razones de hábito, necesidad psico-física o causas económicas (dan una falsa sensación de seguridad o cierto confort).

No suelo comentar ciertos escritos denominaciones; así que apelaré a la conmiseración natural de otros…

Mi suegra lee “El Man está vivo”. Ella comparte sus lecturas e impresiones y me prestó el oracional del día 31 de marzo del 2010 (pág 62-63). El escrito, al leer,  me hizo ver mi condición por medio de palabras que no me pertenecen: He dejado muchas de mis propiedades y algunas cosas personales. Me he separado de mis hijos y una cantidad de vínculos que no terminaría de enumerar sin algún modo de resentimiento. La duda me acecha a ratos. Repaso ideas ajenas, aprensiones colectivas y vuelvo a la lista de mi cuestionario:

  • ¿Qué estoy haciendo aquí?
  • ¿A dónde voy a este paso?
  • ¿Habré hecho bien abandonándolo todo a cambio de lo intangible?

Esas preguntas caracterizarían a cualquier extraño que se suelte de sus conocidos límites y se ajuste a nuevas limitaciones impuestas por otros, tal cual haría un recién casado que deje a su familia y se vaya con la de su pareja, en otro país. Uno duda desprenderse de lo que cree tener, conocer y repasa la lista de viejos consejos (no solicitados) ofrecidos por cualquiera que  intente marcar el rumbo de nuestra mente con el registro de su punch list.

El Eudista Alberto Linero señala lo que vengo entendiendo desde hace algún tiempo: No poseo a las cosas. Las cosas me poseen a mí.

Exteriormente puedo imaginarme ser rico por la abundancia que tenga e, internamente, me reconozco miserable por aquello que, de algún modo sé ya adolezco (aunque prefiera la ventaja de la holgura de una buena cuenta bancaria).

Este sacerdote católico habla de las ventajas del SABER RENUNCIAR A LAS POSESIONES MATERIALES, aunque tengamos que aprender a denunciarnos a nosotros mismos cuando, reticentemente, nos neguemos al cambio que la vida tiene que dar para actuar en favor nuestro.

No es fácil dejar a la deriva la tabla de la salvación que vemos al alcance de la mano, tras recurrentes naufragios. No es cómodo soltar los hilos que se tejen en la maraña de nuestras ventajas y oportunidades, particularmente, cuando vemos soltar nuestras manos en el vacío de la incertidumbre, en el aire que no nos deja andar o respirar el aliciente del avance, tras una renunciación a tantas muletas imaginarias.

Moisés –siendo criado como un príncipe- dejó Egipto para unirse a los suyos. Abandonó la posibilidad de ascender en los beneficios de un cetro, renunció a sus beneficios, y eligió involucrarse en la causa de los débiles oprimidos, los explotados  y –en su momento- su voluntario desprendimiento trajo libertad (e independencia) a un pueblo que estuvo más de 400 años en cautiverio, lejos de la tierra “Prometida”: Todos tenemos algo heredable y una porción del mundo.

Jesucristo, por Su parte, pudo haber doblado ligeramente la rodilla ante Satanás y, al hacerlo, recibiría TEMPORALMENTE “la gloria de muchos reinos” (Mateo 4:9). ¡Qué estupidez! Uno, que no ha tenido los beneficios del poder o la gloria, puede ser vulnerable a esta clase de tentaciones, pero, el Hijo de Dios, conoció la Gloria del Universo y de Su Padre ¿Cómo caer en la insensatez?

Si Jesús fuera un ser egocéntrico nos hubiera privado –eternamente- de toda posibilidad de reconciliarnos con Dios y no habría camino ni intermediario para accederle con nuestras fervientes peticiones. ¿Podría Jesús disfrutar un momento terrenal de auto-indulgencia, como solemos algunos de nosotros? La riqueza y el placer sensual “digno de reyes” hubiera sido suyo, pero nada había de dominarle ni sojuzgarle, porque todo lo que ha sido hecho, se hizo para Su gloria: “Todas las cosas por medio de Él fueron hechas,   y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.” (Juan 1:3).

 

La humanidad no fue hecha para vivir una existencia esclavizada. La voluntad del Padre no es que vivamos sojuzgados bajo la insensible conciencia de los impulsos que nos atrapan en esto de “poseer cosas”, de dominar a otros, sin captar la verdadera razón de lo que nos lleva a lo trascendente de Su universo, en algún lugar del cielo.

Por décadas acumulé cosas que se volvían imprácticas (e inútiles) con el cambio de las nuevas tecnologías. Hoy hay libros que ni sirven en la historia y ocupan mucho lugar en las bibliotecas. Estas cosas, de tanto acumular, resultan antieconómicas. Si se intentan  guardar, para repararlas, muchas veces ¡ni se fabrican ciertos repuestos!

Hubo libros buenos que admito regalé. Algunos -muy costosos- tuve que venderlos a precio de nada; pues, de haberlos conservado, se harían obsoletos y van perdiendo su vigencia si no entran en uso y sólo son útiles a los que los valoran... No tiene caso mudarse con objetos viejos y, peor aún, de nada sirve pagar los costos de impuestos o fletes por bienes perecederos CUANDO PUEDEN COMPRARSE cosas MEJORES en otros países. ¿Cuánto equipaje llevaría Ud si tuviera que abandonar su país en una emergencias? ¿Cuánto puede correr con cuatro maletas sus brazos?

Sodoma y Gomorra (Génesis 19:17, 26) enseña que, a la hora de una emergencia “No debo mirar atrás”. Petrificarse (dejar de actuar) congela futuras bendiciones venidas desde lo alto y, el estar cargado con el lastre, no deja moverse con la libertad que debería. ¿Por qué no elevarme más allá de mis alturas? (¡Glup!  Un escollo difícil).

Mateo 24:16 enseña consistentemente lo mismo. Es algo que no debo olvidar para los días de crisis: ¿Por qué huir a las montañas? Ya he pasado 15 años aislado en mi voluntaria reclusión. ¿Es literal el asunto, o hay un punto de vista espiritual a considerar?

No puedo subir a lo alto –ascender-  si no hago un esfuerzo. No puedo ascender si no lo hago voluntariamente, pagando –físicamente- un precio espiritual. ¿Haré logros cruzado de brazos? ¿Mejorarán mis calificaciones escolares sin investigar o desvelarme estudiando?

Correr a las alturas es arrojar -EN ORACIÓN- lo que pesa en mi alma para desprenderme del lastre que hunde mis alas en el lodo de esta intrascendente terrenalidad pecaminosa. Una parte de mí no quiere soltar amarras y otra quiere volver a huir a las montañas para retirarme de lo ordinario, sin dar un paso a lo extra-ordinario (que viene de aunar mi esfuerzo a la voluntad del Divino).

Cuando un deportista se acostumbra a la simplicidad de un entrenamiento ligero y mediocre, su desempeño es pobre y mediocre. No supera el record de sí mismo y, lo que hacen otros en la historia del deporte, es una breve referencia en el tiempo, para que se conozca el límite de lo que otros ya han hecho, dentro de sus posibles.

Sólo un “coach”, a la altura de Jesucristo, pudo haber dicho: “Si tienen fe… Todo les será posible” (Marcos 9:23). ¿Pero quién la tiene? ¡Sé de dónde vengo! Ignoro a dónde voy. Esa convicción de certeza es una mezcla de autoestima, fe en Dios y en las cosas ya hechas, que hacen otras personas a favor (o en contra) de nosotros y nuestros planes futuros.

Hay personas que manipulan -o tratan de usar- nuestras expectativas o deseos para fines privados, personales y colectivos (Como la religión y la política: Una la fe en lo intangible; la otra, la fe en “prístinos” hombres).

Hay gente que desarrolla una clase de liderazgo que conoce nuestros íntimos deseos -por simple indagación e investigación- o las extrae del común denominador de las expectativas ajenas: ¿Ejemplos? Psicólogos de mercadeo, historiadores y sociólogos, sacerdotes-pastores y políticos. Y cuán pocos satisfacen –a plenitud- el deseo de toda una colectividad que se abandona y estadísticamente se les confiesa… ¿Cuánta diferencia hay en Jesucristo? Y aún así, dejó muchas cosas para que cambiáramos nosotros (el trabajo no es vertical o divino, sino horizontal, en esencia).

En primer lugar, la prioridad de Jesucristo no era universal (católica). Su plan era la de salvar –primeramente- a los judíos (Mateo 10:5-6); sin embargo, muchas de sus enseñanzas colectivas fueron ejemplarizadas por gente que no era israelita de raza, gente rechazada y de poca estima, cuyas convicciones y fe superaban el standard de Sus días (Mateo 8:10) y, debido a ello, Su plan de salvación abarca hoy a todo hombre y mujer dispuesto a servirle y obedecerle en reverente fe (Mateo 8:11-12). Uno puede encontrar “excelente enseñanza” en miles de personas, pero mucho de lo que hacen es incoherente con lo que dicen, pues, toda su doctrina niega LO QUE ENSEÑÓ JESUCRISTO, LO QUE VIVIÓ JESUCRISTO y lo que deseó Dios de nosotros. Ahora bien, explico, esta incoherencia es entendible y humana: Todos tenemos alguna clase de apegos.

Puedo hablar y conocer mucho de la gula, pero, si no la domino ¿De qué me sirve tal conocimiento? Es mera teoría, es un músculo que no entreno ni desarrollo ¡Dios! ¡Sabes cuánto hay en el mundo que deseo!

Puedo hablar -y enseñar- contra los males de la codicia pero, si no me detengo en la indulgencia de mis ojos (por la mujer bonita o ajena) ¿De qué me sirve criticar toda forma de codicia, si -en mi lujuria- deseo la mujer que pertenece a otro? He hecho del deseo un ídolo para lo que me es humano (cayendo en idolatría).

El dominio de sí mismo lo practicó y comprobó Jesucristo al dejarse llevar hasta las consecuencias finales que lo exaltaron en Su cruz. Pasar 40 días y 40 noches fuera de casa, sin electricidad, comida o techo, es una prueba de autodominio. Resistirse al ofrecimiento de dinero fácil o mal habido, es una prueba de autodominio. Negarse a una aventura extramatrimonial no es señal de “debilidad”, sino una prueba de valor y auto estima (pese a que haya millones de mujeres y de hombres que piensen lo contrario).

Hay momentos en los que debemos realizar ejercicios simples de autodominio, de renunciación, para experimentar nuevas formas de felicidad. ¿Quiénes no habrán apreciado más sus casas cuando se retiran a dormir un par de días en el campo? ¿Quién no habrá notado la diferencia entre la falsa lisonja y el amor desinteresado?

No podemos negarlos el derecho a reconocer la realidad de que tenemos necesidades interiores que derivan de nuestras miserias o carencias; sin embargo, debemos comprender y experimentar los privilegios de que podemos ser versátiles al cambio, y que podemos sentir la libertad de que podemos ceder nuestras cosas, desprendernos de ellas, renunciar a naturales apetitos, cuando la circunstancia se hace evidente por riesgos o ante la huída necesaria.

No he vivido lo suficiente para decir -con autoridad- que me he desprendido de posesiones o cosas materiales “innecesarias”. Sería una vergüenza mentir fingiendo que no abrigue el secreto deseo de controlar las circunstancias y poseer ciertas cosas no inherentes a mi vida; pero, por otro lado, he conocido gente que ha tenido que volver a empezar ¡de la nada! y, habiendo progresado material y prácticamente, su poca estima a las dietas de esos ejercicios de espiritualidad -ciertas errores y cosas- les han obligado a volver a los estadios de las carencias que han padecido económicamente.

Dios, mediante el poder de Su vida, me ha suplido cuando Su ayuda he necesitado. Dios, a través de otros, me ha asistido justo cuando dudé poder avanzar en la tiniebla de mi incertidumbre, cuando me negaba a caminar a tientas y había perdido todo contacto con la razón de mi fe, la fe en otros que (con sus mismas luchas) me rodean y la noción de un Dios justo y ayudador: Hay momentos de la vida en que no deseo caiga la penumbra de ciertas noches -¡las aborrezco!- pero siempre hay la posibilidad de otro día.

El tema del día en ese artículo puede resumirse en que “Todos queremos ser felices, pero no estamos dispuestos a dejar lo que nos hace infelices”. ¡Es cierto! Queremos vivir con intensidad, pero no estamos dispuestos a pagar el precio. Si muriéramos cada día al paso de siete noches ¿Cuánto desearíamos envejecer? Habría que pagar con el valor de cosas que no estamos dispuestos a soltar…

Dicen que el planeta está a punto de morir. Ya estiman una fecha (2012) y como muchas otras personas, no aporto reales soluciones, más bien, contribuyo al mal que se agrava... ¿Acaba el mundo en una fecha o cuando me vuelvo intolerante a ciertas situación?

En un sentido, mi vida acabó. Hay cosas que se quedarán en mi juventud y no podrán volver ¿He muerto de veras? ¿No es eso un proceso de cambios? Hay apegos recurrentes, pero no me tolero ciertas incoherencias y estoy consciente de mis limitaciones y de la clase de persona que debo ser, pese a mis pueriles deseos. ¿Soy menos por eso?

Anoche ví adolescentes consumir drogas en la vía pública. Había un acto religioso popular y tradicional e su “Parranda Santa”. No están conscientes de las razones que dieron origen a la práctica cultural de dichas fiestas religiosas. El mundo católico, en buena parte, la conmemora adaptándose y adecuándose al sincretismo del pueblo. Otros, alienados de la verdad, la celebran más divorciados del motivo que les dio luz; pues les es motivo para acercarse a todo tipo de apegos temporales y ellos mismos se crean una nueva forma de religión o idolatría ¡Tienen pleno derecho! Yo, también (como muchos) sano de mi enfermedad.

Ví lindas jovencitas congregadas para beber alcohol. Ví a tantas caminar públicamente – semidesnudas- que no era para conmemorar la pasión de Cristo, sino para celebrar la pasión en nuestros cuerpos ¡Tengo ojos! Y, aunque los cerrase ¿Cómo mato un deseo?  ¡No soy impermeable!

Traté de ser esquivo y no hallo excusa suficiente para exculparme en lo que otros vieron, pensaron o desearon ¡Es mi responsabilidad! No pertenece a nadie más mi vulnerabilidad o culpa. ¿Qué podría hacer para que mis hijas no participen en tales exhibiciones o fiestas? Yo tampoco (si pudiera) permitiría que caminasen vulnerables a la vista y el deseo de muchos que no deseo tener por hijos. ¿No se exponen ellas a un peligro? ¡En serio! Esas niñas tienen cuerpos de mujer y, cuando se ha probado –lo que se prueba- es difícil frenar lo que anda por inercia.

 

Yendo más allá, saliendo de este vivir con intensidad, reconociéndose humano y pecador, la ineficacia de ciertas "predicciones" augurando un fin de mundo inminente (mayormente cuando uno se autoproclama dios o vocero de éste). ¿Qué puede esperarse de la forma de autodestrucción que cada ser –soberana y legítimamente- decide? El cigarrillo o las drogas son una forma de autodestrucción. El alcohol y ciertos hábitos convencionales entrañan el riesgo de un acabose individual o colectivo. ¿Qué fenómeno puede perjudicarnos más que el calentamiento global, la escasez de agua en todo, para que cambiemos nuestros hábitos de consumo (derroche, más bien)? La ausencia de luz solar, el calor que os sofoca pero que evita la congelación, pudiera tener influencia para un cambio “colectivo” como algunos ingenuos esperan; pero no será así, ni aun viendo la mano de Dios interviniendo en nuestros asuntos.

 

El hecho de que tales advertencias se tornen cada vez “más científicas”, mejor difundidas en la TV o en la red, resulta tan igual a la pública difusión del Evangelio de Jesucristo: Sólo se apercibirán los que Dios viene reparando para llevarlos consigo. Las señales premonitorias transcritas en un libro, los sueños de visiones futuras o narradas en una película, nos presentan signos estériles de advertencias que confirman que A NADIE MUEVEN A UN CAMBIO RADICAL DE COMPORTAMIENTO, menos planetario: Las cajetillas de cigarrilos nos advierten del peligro y mal que causan (cáncer) ¿quién los deja? Pero si buscan drogas más fuertes ¡Es su derecho! De nada sirven los estudios farmacológicos que revelan nuevos peligros.

Si al planeta se le tratase como a un paciente o  enfermo terminal, bajo diagnóstico preventivo, TAMPOCO NOS APERCIBIRÍAMOS DE QUE YA ESTAMOS MURIENDO y negarnos a cierto grado de “felicidad” no sería una opción, ni aún por amor de nuestros seres queridos. ¿Qué pasará entonces?

Muchas sociedades han dejado de ser por diversos motivos... La ausencia de recursos materiales, económicos, energéticos o hídricos pudieran frenar o detener el curso del desorden planetario ¿Quién es tan miope para no comprender que esa es la verdadera forma en que "se acaba el mundo"? Si el destino o el fin de nuestras vidas tiene algo de "apocalíptico" ¿Quiénes nos apercibimos de que, tal final, puede ser en CUALQUIER MOMENTO de nuestras vidas? La salvación, si la hay, es INDIVIDUAL. La Iglesia,  la religión, no son un salvavidas colectivo. Cada uno es responsable de aprender a emplear su chaqueta salvavidas y antibalas. Nadie, que yo sepa, puede decir, con envanecida presunción,  “Yo voy al cielo. Tú te quedas”. No tenemos alas y nos vienen a buscar (si les da la santa gana) ¡Dios es Soberano! En el cielo y en la tierra ¿Quién soy yo para presumir de algo que no tengo? La certeza viene de Él, la aseveración de MI AUTODETERMINACIÓN a luchar contra el apego a lo malo que no debo hacer ¿Soy mejor que otros?¿Hace acepción Dios? ¡Todos tenemos la misma dificultad y apego a terrenales deseos!

Creo que el mundo no termina en dos años, sino en cualquier momento en que Dios lo decida. Termina al instante, cuando una bala -por voluntad que me es ajena-  mutila el cauce de mis venas y apaga la condición de mi conciencia, cuando no estoy consciente a lo que pude hacer en el entorno de mi propio lugar en el mundo.

Si fuera un prisionero -condenado a la inmediata pena de muerte- estaría más despierto a la volatilidad de estos limitados recursos y a las reducidas oportunidades que desperdicio en este mundo. Una parte de mí querría experimentar lo que el cuerpo ya no siente, con el avance del tiempo y la muerte. Otra, tal vez, querría acelerar, pero –en la prisión de esta terrenalidad- uno no puede volar al capricho de la mente.

Hubo cierta reunión, después que un grupo de personas recibió –milagrosamente- alimentos de parte de Jesucristo. La gente lo buscaba ¿Cómo no buscarlo? Es tan fácil ir al lugar donde se toma y se come gratis, sin pagar el verdadero precio.

-¿Cuál es la obra de Dios? –preguntaron unos, no sé si eran los más ingenuos, queriendo saber qué es Su trabajo.

Jesús, respondiendo, les dijo: “Esta es la obra de Dios,  que creáis en aquel que él ha enviado” (Juan 6:29).

Ese trabajo, en lugar de ser única y exclusivamente suyo, es nuestro: Creer a Jesús (no en o sobre Jesucristo). Una de Sus tareas es terminar lo que, en principio, solitariamente comenzó con Su hijo y, esa Creación –con libre albedrío- se restaurará con el reino que Él pensó y nos incluyó, para bien colectivo ¿Qué espera Dios de la humanidad? Seguro no es hacer de salvavidas otro milenio y, menos manteniendo aquellos que tercamente le adversan y violentamente se le oponen. Él quiere un total arrepentimiento para una COMPLETA CONVERSIÓN. Esta es la única manera de conducir a un nuevo orden mundial: Jesús y Su Padre están comprometidos en la tarea de la redención humana; pero hay que creer a Jesús (no sirve la religión ni la iglesia como forma de gobierno) ¡Fracasamos y lo probamos todo!

 

Poco a poco, respondemos menos a los estímulos. Al envejecer, sin querer, nuestras respuestas a lo terrenal dejarán de ser, pues, cumplieron una misión en nuestras vidas, así pues, renunciemos a ellas o no, ya no servirán, como este cuerpo que envejece, piensa y está consciente de que se muere…

 

Si volviese a la vida, si Dios me diera tal privilegio, LE SUPLICARÍA para no cometer los mismos errores en otra dimensión: Él es la fuente eterna de la vida. El cielo, ya no la tierra, es el nuevo espacio en que he de transitar.

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