un ángel ignorado de pies descalzos

EL ÁNGEL IGNORADO.

Existe un ángel ignorado, invisible, a quien el mundo borró de su conciencia para no asustarse ni sentirse avergonzado; para huir de la enseñanza de una vida que puede ser caricia o bofetada, sonreír o herir para mover cada alma, ese viento posado en tantos motivos perdidos en la eternidad.

Llegó en una red y caminó sobre la arena con sus pies descalzos de ocho años que ante mi vista parecían de cinco. Dejó las bondades del cielo, sus alas, para enseñarme un tesoro en sus manos vacías; el abandono gritando en su cabello enmarañado; en su rostro impregnado de polvo.

Eligió no poseer nada para darme una lección de vida y se presentó ante mí, anhelando un fragmento de tiempo, de felicidad… ¿Por qué decidiste olvidar, pequeño amigo? ¿Eres tan valiente para andar por la vida sin esgrimir el arma de la educación, del conocimiento, del aseo y el perfume; de la apariencia necesaria para trascender la invisibilidad? Navegas confrontándolos con su miedo a la mugre, a la pobreza y al desamparo; al confinamiento, a un futuro incierto; miedo que aísla, discrimina, amaga al corazón y diluye la expresión del ser.

El ángel me miró; fue el amigo de unos días que se impregnaron para siempre en mí, pues le tendí mi mano sin importar el reproche en las miradas que amenazaban mi seguridad, la aceptación de mi persona; el látigo intangible de una sociedad opresora. Decidí romper la barrera del temor al exilio y agradecer el tesoro que entre sus manos llevaba para mí, desde la eternidad; el regalo del aprendizaje en el conocimiento de lo trascendente desde el corazón, desde los sentimientos. El ángel me abrazó y sentí que la vida era una ola cargada de energía; el cosmos cantando a mi alrededor; la belleza que abarca todo. Le pregunté su nombre para asociar rostro y sensación al pronunciarlo; supe que Dios había estado entre nosotros, en el rostro de la miseria, en los pasos inciertos; en ese cabello enmarañado y en la ropa raída.

El ángel invisible de quien hablo, se llama Emmanuel y se pasea todos los días entre la arena y las olas. Le he pedido que me recuerde cuando mire el mar, mientras escribo estas líneas para hacer saber al mundo que hay muchos ángeles con la mano extendida para dar y recibir amor; que existen aunque las miradas no quieran reparar en ellos; son buenos y valiosos, aunque no usen perfume, ni vayan a la escuela, ni usen ropa de marca. Ellos sienten y esperan una caricia que confirme su existencia, a cambio de enseñarnos a crecer como personas.

Gracias Emmanuel, mi pequeño ángel marino.

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